[ Pobierz całość w formacie PDF ]
.—¿Y Murano? —preguntó Claudia.—Sí, querida, es uno de nosotros —Elena se inclinó y acarició el rostro de Claudia—.Debo cuidar de mi ratoncita.Hay demasiados gatos al acecho, ¿no es cierto? —la emperatriz se puso en pie—.Ya sabes lo que te aprecio, Claudia.Anastasio, alegrémonos de las noticias.¡Un paseo por los jardines imperiales refrescará nuestra mente! Dominus Silvestre, ¿te unes a nosotros? ¿Y tú, Rufino?El banquero se incorporó muy despacio.—¿Puedo retirarme? —preguntó Claudia con picardía.—Puedes retirarte, ratoncita, por el momento.Vuelve a Las Burras.Di a tu querido tío que no tiene nada que temer de esos zoquetes vestidos de policías.El emperador no olvidará, ni yo tampoco.Elena agitó el pelo de Claudia y se dirigió hacia la puerta.—Rufino, ¿vas a venir? ¿O prefieres quedarte a seducir a mi jovencita? —Rufino soltó una carcajada—.Excelencia, quisiera recompensar personalmente a esta muchacha sorprendente.La emperatriz se encogió de hombros y se marchó.Silvestre dedicó una mirada de advertencia a Claudia y la siguió.Claudia permaneció sentada, con gesto tímido.Rufino separó los labios para comenzar a hablar.—Aquí no, señor —susurró Claudia—.¿En otra zona de los jardines, quizá?El banquero asintió.Caminaron por los pasillos.Escucharon la voz de Elena, que llamaba a gritos a los sirvientes, así que decidieron salir por otra puerta.Cruzaron un camino de guijarros hasta llegar a un espacioso banco de mármol, que asomaba hacia el jardín.Ante ellos, rodeado por un lecho de flores, se erguía una enorme fuente: dos mujeres sujetaban una pila, de la que brotaban chorros de agua de distintos colores.El sol comenzaba a menguar, y la brisa de la tarde se hacía cada vez más fría.—Cuando comenzaste a hablar —murmuró Rufino— no supe muy bien qué debía hacer.¿Atravesarme con una espada? ¿Ingerir veneno? ¿O correr a casa y abrirme las venas en un baño caliente? ¿Los tienes? ¿Cuánto me van a costar? ¿Qué quieres?Claudia abrió la bolsa y le entregó los documentos que había extraído del cofre de Paris.—Estos son los originales, y no quiero nada por ellos.Rufino se quedó perplejo.La miró atónito y se mordió los labios.—Vaya, cuando dije que eras sorprendente, era simple adulación.Ahora lo digo de veras.Todo el mundo quiere algo.Rufino sacó una pequeña daga que guardaba bajo su toga y cortó la cinta del pergamino, procediendo posteriormente a cortar los documentos en pequeños pedazos.Los recogió con cuidado y se acercó a un pequeño brasero, en el que unas barras de incienso mezcladas con las brasas desprendían una suave fragancia.Rufino usó su toga para retirar la tapa del brasero y arrojó los trozos de pergamino.Colocó de nuevo la tapa y observó como aquellos fragmentos se convertían en cenizas.Seguidamente, regresó despacio al banco, inspeccionando minuciosamente el suelo para asegurarse de que no había quedado ningún pedazo sin arder.Se sentó junto a Claudia.—Podría irme ahora —murmuró— y decir que nada de esto ha ocurrido jamás, pero te mereces algo más que eso.Soy un hombre asustado, Claudia.Soy un banquero que apoyó a Constantino.También soy un hombre que tiene una esposa, hijos, parientes.¿No estuviste en Roma durante los últimos días de Majencio? Aquello fue una horrible pesadilla.No recuerdo ver la luz del sol; parecía que una noche eterna se había cernido sobre nosotros —suspiró—.Multitud de espías e informadores recorrían las calles.Majencio arremetía contra todos, Severio trataba de conseguir dinero para las tropas.Mi corazón estaba, y está, con Constantino, pero no me atreví a abandonar Roma.Si hubiese huido, otros habrían muerto.Se habrían apoderado de mi tesoro y se habría volatilizado.No, eso no es cierto del todo.Una pequeña parte de mí juega a ser banquero.Inviertes en una aventura, pero no cierras ninguna puerta.Severio vino a verme.El primer ministro de Majencio era un zorro traicionero.Quería conseguir de mí una notificación, un pagaré, una promesa de dinero para luchar contra el que denominaba usurpador Constantino.No tuve opción.Mi mujer estaba junto a mí, con el rostro desencajado, mis hijos se abrazaron a ella.Escribí la carta y la sellé.Garanticé que apoyaría a Majencio, proporcionándole plata.—¿Y lo hiciste?—¡No, por supuesto que no! Pero.—No lo entiendo —interrumpió Claudia—.Constantino habría entendido que esa carta estaba forzada.Seguro que no fuiste el primero en verte obligado a firmar semejante farsa.Rufino volvió a mirar hacia el brasero, como para asegurarse de que todo se había destruido.—Eso pensé yo.Cuando Constantino entrara en Roma, podría explicarlo todo.Se reiría, me daría un golpe en la espalda y me serviría una copa de vino.Desde luego, tomé mis propias precauciones.Cuando Majencio se marchó para luchar y Severio se fue a la villa de Domatilla, organicé a una banda para que destruyeran los informes imperiales.Recuperé mi carta y la quemé, junto con mi compromiso de financiación.Pensé que aquello acabaría con el problema —hinchó los carrillos—.Escuché que Severio había muerto a manos de una mujer.No volví a pensar en ello hasta que, una noche, alguien puso en mi mano un trozo de pergamino.Nada importante, a excepción de hacer referencia al compromiso que contraje.Me dijeron que saliese a los jardines exteriores de mi villa, a una pequeña huerta cerca de la muralla.Debía ir solo, desarmado, portando únicamente una linterna.—El Sicario —preguntó Claudia.—Sí, el Sicario.Llevaba una máscara y una capucha, y me esperaba junto a unos árboles.Dijo tener en su poder una copia de mi carta y de mi pagaré.Me reí de él.Me disponía a llamar a los guardias cuando me mostró, a la luz de la linterna, el sello.Era de Severio.El ministro de Majencio tenía un alma ponzoñosa [ Pobierz całość w formacie PDF ]