[ Pobierz całość w formacie PDF ]
.Aquí se pudren todos los grandes sentimientos: ¡aquí sólo a los pequeños sentimientos muy flacos les es lícito crujir!¿No percibes ya el olor de los mataderos y de los figones del espíritu? ¿No exhala esta ciudad el vaho del espíritu muerto en el matadero?¿No ves pender las almas como pingajos desmadejados y sucios? ¡Y hacen hasta periódicos de esos pingajos!.{317}¿No oyes cómo aquí el espíritu se ha transformado en un juego de palabras? ¡Una repugnante enjuagadura de palabras vomita el espíritu! ¡Y hacen hasta periódicos con esa enjua­gadura de palabras!Se provocan unos a otros, y no saben a qué.Se acaloran unos con otros, y no saben para qué.Cencerrean con su hoja­lata, tintinean con su oro.Son fríos y buscan calor en los aguardientes; están acalora­dos y buscan frescura en espíritus congelados; todos ellos es­tán enfermizos y calenturientos de opiniones públicas.Todos los placeres y todos los vicios tienen aquí su casa; pero también hay virtuosos aquí, hay mucha virtud obse­quiosa y asalariada:Mucha virtud obsequiosa, con dedos de escribano y con un trasero duro a fuerza de aguardar, bendecida con pequeñas estrellas para el pecho y con hijitas rellenadas de paja y caren­tes de culo.También hay aquí mucha piedad, y mucho crédulo servi­lismo, y mucho adulador pasteleo ante el dios de los ejérci­tos.{318}«De arriba» es de donde gotean, en efecto, la estrella y el es­puto benigno; hacia arriba se levanta anheloso todo pecho sin estrellas.{319}La luna tiene su corte, y la corte tiene sus imbéciles: mas a todo lo que viene de la corte le imploran el pueblo de mendi­gos y toda obsequiosa virtud de pordioseros.«Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos»{320} así eleva sus plegarias al príncipe toda virtud obsequiosa: ¡para que la me­recida estrella se prenda por fin al estrecho tórax!Mas la luna continúa girando en torno a todo lo terreno: así continúa girando también el príncipe en torno a lo más terre­no de todo: y eso es el oro de los tenderos.El dios de los ejércitos no es el dios de las barras de oro; el príncipe propone ¡pero el tendero dispone!¡Por todo lo que en ti es luminoso, y fuerte, y bueno, oh Za­ratustra! ¡Escupe a esta ciudad de tenderos y date la vuelta!Aquí toda sangre corre perezosa y floja y espumosa por to­das las venas: ¡escupe a la gran ciudad, que es el gran vertede­ro donde espumea junta toda la escoria!Escupe a la ciudad de las almas aplastadas y de los pechos estrechos, de los ojos afilados, de los dedos viscososa la ciudad de los importunos, de los desvergonzados, de los escritorzuelos y vocingleros, de los ambiciosos sobrereca­lentados:en donde todo lo podrido, desacreditado, lascivo, sombrío, superputrefacto, ulcerado, conjurado supura todo junto:¡escupe a la gran ciudad y date la vuelta!»Pero aquí Zaratustra interrumpió al necio cubierto de espu­marajos y le tapó la boca.«¡Acaba de una vez!, gritó Zaratustra, ¡hace ya tiempo que tus palabras y tus modales me producen náuseas!¿Por qué has habitado durante tanto tiempo en la ciénaga, hasta el punto de que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo?¿No corre incluso por tus venas una perezosa y espumosa sangre de ciénaga, de modo que también tú has aprendido a croar y a blasfemar así?¿Por qué no te has marchado tú al bosque? ¿O has arado la tierra? ¿No está acaso el mar lleno de verdes islas?Yo desprecio tu despreciar; y puesto que me has advertido a mí, ¿por qué no te advertiste a ti?Sólo del amor deben salir volando mi despreciar y mi pája­ro amonestador: ¡pero no de la ciénaga!Te llaman mi mono, necio cubierto de espumarajos: mas yo te llamo mi cerdo gruñón, con tu gruñido me estropeas in­cluso mi elogio de la necedad.¿Qué fue, pues, lo que te llevó a gruñir? El que nadie te haya adulado bastante: por eso te pusiste junto a esta inmundicia, para tener motivo de gruñir mucho,¡para tener motivo de vengarte mucho! ¡Venganza, en efecto, necio vanidoso, es todo tu echar espumarajos, yo te he adivinado bien!¡Pero tu palabra de necio me perjudica incluso allí donde tienes razón! Y si la palabra de Zaratustra tuviese incluso cien veces razón: ¡con mi palabra tú siempre harías la sinrazón!Asi habló Zaratustra; y contempló la gran ciudad; suspiró y calló durante largo tiempo.{321} Finalmente, dijo así:Me produce náuseas también esta gran ciudad, y no sólo este necio.Ni en una ni en otro hay nada que mejorar, nada que empeorar.¡Ay de esta gran ciudad!{322}.¡Yo quisiera ver ya la columna de fuego que ha de consumirla!Pues tales columnas de fuego deben preceder al gran me­diodía.{323} Mas éste tiene su tiempo y su propio destino.Esta enseñanza te doy a ti, necio, como despedida: donde no se puede continuar amando se debe ¡pasar de largo!Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al necio y la gran ciudad.* * *De los apóstatas1Ay, ¿ya está marchito y gris todo lo que hace un momento es­taba aún verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza he extraído yo de ahí para llevarla a mis colmenas!Todos estos corazones jóvenes se han vuelto ya viejos, ¡y ni siquiera viejos!, sólo cansados, vulgares, cómodos: dicen «hemos vuelto a hacernos piadosos» [ Pobierz całość w formacie PDF ]