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.Ella, por supuesto, lo sabía.Fruncía los labios, divertida, al ver mis tartamudeos y mi desesperada y enamorada obediencia al menor de sus caprichos.Podría haberme ordenado que me subiese al alféizar de la ventana y me tirase al suelo, tres pisos más abajo, y yo habría obedecido.Pero, como es natural, ella no sería capaz de pedirme semejante cosa.Tal vez fuese orgullosa, puede que se vanagloriase de su belleza —¿qué mujer no lo habría hecho?—, pero.¿cruel? No.En un mundo cruel, en una corte cruel y veleidosa, Atenais nunca fue cruel.Amaba a toda la humanidad con un cariño generoso, desbordante, espontáneo.Comenzó a hablar.Mi pluma se estremeció y me puse a escribir.*Cuando más tarde, aquella misma mañana, me apresuré a presentar mis más humildes excusas al chambelán de la corte, un eunuco alto y serio llamado Nicéporo, se limitó a indicarme que podía irme con un gesto de su mano de dedos largos, cargados de anillos con sello.—La emperatriz ya se ha excusado por ti —dijo—.Esta mañana se te requería en otra parte.Ninguna otra persona se habría molestado en evitarle una reprimenda a un modesto funcionario de la corte.Pero así era Atenais: tan amada por la bondad de su corazón como por su belleza.Pocas veces van de la mano ambas cosas en una mujer.Yo la veneraba.Aunque me valiese el escarnio de mis compañeros escribas y funcionarios, la adoraba.*Así estaban, pues, las cosas en palacio y en la corte la víspera de la llegada de Gala, Aecio y su pequeño séquito, tan sólo unos meses después del enlace imperial.Aparecieron una noche sin luna en aquel gran complejo fortificado, protegido en el exterior por sus poderosas murallas de rojo granito egipcio y en el interior decorado lujosamente con pórfido palestino de Ptolemais, mármol ático, ricas cortinas de Damasco, marfil y madera de sándalo procedentes de la India, brocados de seda y porcelana de China.Un lugar de ensueño donde hasta las bacinillas estaban hechas de la plata más pura.A su llegada, trataron a los fugitivos de Occidente con la mayor de las amabilidades: al fin y al cabo, Gala Placidia y Teodosio eran tía y sobrino, ella hija y él nieto del emperador Teodosio el Grande.Y es posible que la admiración que la casta Pulqueria sentía por Gala creciese al saber que su precipitada huida de Italia se debía al deseo de protegerse de las impuras insinuaciones de un hombre.Los alojaron en unas dependencias que se contaban entre las mejores del palacio imperial, con vistas a aquel mar reluciente, bañado por el sol, tan distante y tan diferente de los pantanos y la oscuridad de Rávena.Les regalaron asimismo oro, piedras preciosas y las mejores vestimentas.Todas estas cosas agradaban a Gala.Puede que Aecio estuviese menos impresionado, pero callaba.Ya había estado antes en Constantinopla.Conocía la ciudad desde hacía mucho.*Al día siguiente, al anochecer, llamaron a mi puerta con firmeza.Yo estaba inmerso en un trabajo tedioso pero necesario para el conde de las Sagradas Larguezas, o, en otras palabras, me dedicaba a sumar largas columnas de números.No podía evitar desear que hubiese un símbolo.Parecerá una locura, pero no podía evitar desear que existiese un símbolo de la nada, así como había numerales que denotaban algo.Un número especial que significase «ningún número».Sin darme cuenta, incluso tracé una gran «O» en el margen, que significaba el vacío, la ausencia.Sin duda de algún modo habría hecho que las sumas resultasen más sencillas.Pero enseguida lo taché.Era un concepto absurdo, que no me granjearía otra cosa que el escarnio de mis compañeros; y ya bastantes burlas sufría yo por parte de los otros funcionarios debido a mi gran devoción hacia la emperatriz.—Adelante —dije, sin darme la vuelta.Se abrió la puerta y alguien se detuvo detrás de mí.Yo seguía sin mirar, pero de pronto sentí el peso de aquella presencia y me di la vuelta.Era él.Mi discípulo.Mi discípulo querido, de ojos graves, alto y esbelto, al que tanto había añorado [ Pobierz całość w formacie PDF ]