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.Un rayo de linterna lo encontró entre la oscuridad.– ¿Estás listo para subir? – le gritó Roger Breskin.–Cuando tú digas.Roger volvió al trineo.Brian apenas se había sujetado cuando la cuerda empezó a subir, ejerciendo una nueva presión aún más terrible sobre sus adoloridos hombros.Azotado por el viento, aturdido por el dolor, incapaz de apartar sus pensamientos de la inmensa tumba acuática que rugía a sus pies, se deslizó contra la pared del risco tan suavemente como lo hiciera George Lin cinco minutos antes.Cuando llegó al borde, logró impulsarse con pies y manos sin la ayuda de Roger.Se puso de pie y caminó tambaleante hacia los faros del trineo motorizado.Le dolían las piernas, pero había superado la prueba prácticamente indemne.– ¡Increíble! – reconoció, al tiempo que desataba los nudos del arnés.– ¿De qué hablas? – le preguntó Roger cuando lo alcanzó.–No creí que lo lograría.– ¿Acaso no confiabas en mí?–No es eso.Pensé que la cuerda se rompería o algo parecido.–Tarde o temprano morirás -sentenció Roger, con voz casi teatral-.Pero éste no era tu lugar ni tu momento.A Brian lo sorprendió tanto que Roger Breskin se pusiera filosófico como lo había asombrado darse cuenta de que también conocía el miedo.–Si no estás herido será mejor ponernos en marcha.– ¿Qué haremos ahora? – preguntó Brian, al tiempo que se frotaba los hombros lastimados.Roger se limpió las gafas protectoras.–Hay que encontrar el campamento temporal; debemos reunirnos con los demás.– ¿Y si el campamento no está en el mismo iceberg en el que estamos nosotros?Roger ya había dado media vuelta hacia el trineo volcado.LA CABINA DEL TRINEO sólo podía albergar a dos hombres.Por consiguiente, Harry optó por viajar en el remolque de carga descubierto.Claude estaba dispuesto a ceder su sitio, y Pete Johnson insistía en dejar su lugar al volante, como si viajar en el remolque fuera algo deseable, cuando de hecho la exposición.al intenso frío podría resultar mortal.Harry interrumpió enseguida sus alegatos y, valiéndose de su jerarquía, reclamó para sí el peor de todos los puestos.En la plataforma del remolque se habían acumulado casi diez Centímetros de nieve.Harry la retiró con las manos.Dio la espalda al viento y se desató los cordeles de la barbilla para aflojarse el capuchón.Luego buscó dentro del cuello del anorak la gruesa máscara de lana tejida que llevaba alrededor de la garganta.Se cubrió con ella la boca y la nariz.Ya no quedaba un centímetro de la cara expuesto.Lo que la máscara no alcanzaba a cubrir estaba oculto por el capuchón y las gafas protectoras.Volvió a apretar el capuchón y anudó los cordeles.El trineo motorizado emprendió la marcha.Las condiciones en el remolque eran todavía peores de lo que Harry había esperado.El sistema de suspensión resultaba muy primitivo, y cualquier irregularidad del casquete de hielo se transmitía al instante a la plataforma, a través de los esquíes.Incluso sus gruesas ropas no lograban amortiguar los golpes más intensos.El viento rugía desde todas direcciones.Las ráfagas de aire gélido hurgaban sin piedad buscando cualquier grieta en su armadura protectora.Consciente de que rumiar sobre su situación sólo la haría parecer peor, enfiló sus pensamientos en otra dirección.Cerró los ojos y evocó una vívida imagen de Rita.Pero para no pensar cómo podría estar ella, con frío, asustada, herida o hasta muerta, retrocedió en el tiempo hasta el día en que se conocieron.Fue el segundo viernes de mayo, hacía casi nueve años.HARRY ASISTÍA A UNA convención de científicos que habían participado en el más reciente Año Geofísico de las Naciones Unidas.Trescientos hombres y mujeres de diferentes disciplinas, procedentes de todo el mundo, se daban cita en París para asistir a seminarios, conferencias e intensas discusiones.A las tres de la tarde del viernes, en un salón pequeño del entrepiso del hotel, el doctor Carpenter hizo una presentación ante un puñado de geofísicos y meteorólogos interesados en sus estudios sobre el Ártico.Cuando concluyó, guardó sus notas y sugirió que realizaran una sesión de preguntas y respuestas.Lo sorprendió y cautivó una hermosa joven que formulaba preguntas más inteligentes e incisivas que las veinte eminencias de cabello gris que llenaban aquel salón.El aspecto de la mujer sugería una mezcla de sangre irlandesa e italiana.La tez aceitunada parecía irradiar calor.Boca amplia, labios carnosos: muy italiana.Pero había algo irlandés en la sonrisa curiosa y sesgada, que le daba el aire de un duendecillo.Los ojos también eran irlandeses, verdes y claros… pero almendrados.Cabello castaño rojizo, largo y lustroso.En un grupo que optaba por las chaquetas de tweed, los trajes primaverales ligeros y los vestidos sencillos, ella destacaba con unos pantalones de pana color canela y un suéter azul oscuro que acentuaba una figura incitante [ Pobierz całość w formacie PDF ]