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.Nos une a todos el mismo anhelo de independencia y odiamos a los japoneses en lugar de odiarnos unos a otros.Quizá será más fácil así.Pasaron las horas.Escuchando siempre por si oían pasos desconocidos y vigilando la puerta.Il-han les enseñaba el coreano y su escritura hangul hasta que amanecía.Había pensado dejarles dormir un rato, pero amaneció muy pronto.Sunia estaba en la cocina y uno de los viejos criados que les quedaban sacó la cabeza por la puerta para avisar a Il-han de que salía el sol.Il-han miró hacia arriba sorprendido.—Os he retenido toda la noche, niños —dijo—, y no haréis nada en la escuela hoy.Esta noche no vengáis.Dormid y nos veremos mañana.Ahora iros uno a uno para no llamar la atención.Los miró marchar en distintas direcciones para que nadie sospechase que les enseñaba en secreto.Cuando el sol estuvo lo bastante alto para brillar sobre las montañas ya se había marchado el último alumno.Se sintió repentinamente cansado y fue Sunia quien le hizo darse cuenta.Llegó limpiamente vestida, con aspecto muy activo.—¿Cuánto tiempo continuarás con las clases? —exclamó—.Pareces un viejo.—Me siento viejo —dijo— muy viejo.—Sólo tienes cincuenta y cuatro años —replicó—.Y te ruego que no lo digas porque entonces me haces vieja a mí.Tómate esta sopa de ginseng.¿Por qué retuviste a los alumnos toda la noche?Cogió el bol de sopa, sopló y bebió.—Vimos una luz que se movía.No pudimos averiguar lo que era.—Si me hubieses llamado –dijo algo enfadada—, podría haberte dicho que nuestro hijo menor está aquí.Vino por la puerta trasera con una linterna.—¿Yul-han? ¿Por qué no le hiciste entrar?—Me lo prohibió.Estaba limpiando la habitación mientras hablaba, recogiendo trozos de papel que los niños habían dejado, arreglando los cojines y sacando el polvo de la mesa.—¿Prohibido?—Estás tomando la costumbre de repetir lo que digo.Sí, me lo prohibió.La miró dulcemente.La tensión, el vivir en constante temor de una llamada a la puerta, el secreto, la pobreza, habían convertido a su Sunia en una mujer cansada e irritable.Sintió un renovado amor por ella, tierno y piadoso.No tenía sus íntimos recursos, el refugio en la calma de la poesía y la música.Alzó la mano y la cogió de la falda.—Mi fiel esposa —murmuró.Las lágrimas acudieron a sus ojos, pero no quiso dejarlas correr.—No has comido, estoy olvidando mi deber —se dirigió rápidamente hacia la puerta, pero se detuvo de pronto—.¿Le digo a Yul-han que entre ahora?—Sí, hazlo.Antes de que volviese entró su hijo menor.Yul-han era el nombre que se le dio cuando empezó a ir a la escuela, y le sentaba bien de sonido y de significado, «Paz primaveral».Entonces, a los veintinueve años no era ni alto ni bajo, delgado, fuerte, de cara redonda y agradable sin ser hermosa.Usaba vestidos occidentales como hacían muchos jóvenes en aquellos tiempos bajo el gobierno japonés.Un traje de paño gris, pantalón y chaqueta, una camisa azul de cuello bajo y zapatos de cuero.Tenía un aspecto raro, el aspecto de alguien sin nacionalidad.A Il-han, aunque no lo decía, le desagradaba verle tales vestidos.¿Significaba que evitaba declararse coreano? ¿Era su hijo tan prudente que evitaba molestias vistiendo de esta manera tan vaga? No quiso contestarse a esta pregunta de índole tan privada.—Padre —dijo Yul-han y saludó.—Siéntate, hijo —contestó Il-han e inclinó la cabeza—.¿Has comido?—Aún no.Vine pronto porque debo volver a mi escuela.Il-han no contestó.Su hijo era profesor en una escuela donde, como en todas, se daban las clases en japonés y el plan de estudios lo hacía el Ministerio de Educación japonés.Cuando Yul-han le dijo por primera vez que había aceptado este cargo, Il-han se enfureció terriblemente.Nunca había estado tan furioso.—¿Te vendes a los invasores? —exclamó.—Te ruego que consideres mi herencia, la herencia de toda mi generación.¿Qué nos dejasteis vosotros? Un gobierno podrido por la corrupción y un pueblo oprimido por los yangban.Impuestos sobre todo, pero el dinero obtenido nunca se gastaba para el pueblo.¿Es raro que el pueblo esté siempre amotinándose y levantándose? ¿Es que hay paz en provincias? ¿Es raro que hayamos estado divididos durante generaciones enteras por una controversia de partidos? ¿Qué significaba sino que estábamos desesperados? Sí, escogí el Il Chon Hui porque de todos nuestros enemigos prefiero a los japoneses.Al menos tratan de ordenar nuestro antiguo caos.El mayor desorden está en nuestras finanzas nacionales.Doscientos japoneses están diseminados por el país buscando nuevas cifras.¿Por qué digo nuevas? No hay cifras [ Pobierz całość w formacie PDF ]