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.Que Allah el Misericordioso nos proteja frente a sus enemigos.Dejó de hablar por temor a que el nudo que sentía en la garganta atenazara su voz definitivamente.Observó cómo sus hijos y su yerno se alejaban, y rogó al cielo con toda vehemencia que no fuera aquélla la última vez que tuviera ocasión de verlos.Los tambores y las trompas comenzaron a tronar con su ritmo monocorde en las campas que se extendían a los pies del castillo.A medida que la intensidad del sonido aumentaba y los hombres sentían que se acercaba el momento decisivo, una oleada de excitación se iba extendiendo entre las escuadras alineadas para el choque.De aquellos centenares de gargantas comenzaron a surgir los gritos enardecidos que servían para reunir el valor necesario antes de precipitarse colina abajo blandiendo la lanza, el sable o la maza.Los estandartes se alzaban mientras los oficiales arengaban a sus unidades tratando de hacerse oír entre el estruendo, a la espera de la orden definitiva.La vanguardia de Ordoño se encontraba a sólo quinientos codos de distancia cuando el sable de Musa se fue elevando, permaneció en alto un instante y cayó con fuerza al costado de su caballo.Un rugido inundó en ese momento el valle, y la masa de hombres y caballos se arrojó hacia las banderas blancas y escarlata.El sonido metálico producido por el chocar de las espadas, sables y cimitarras precedió a los gritos de dolor y de agonía, y los primeros cuerpos sin vida comenzaron a cubrir la vegetación reseca del campo de batalla.Musa dominaba el panorama desde un altozano acompañado por algunos de sus qa'id, junto a la enseña verde que servía como referencia al resto de sus oficiales.Los arqueros y ballesteros respondieron a una nueva orden, y una lluvia de proyectiles, cuyo alcance se veía favorecido por la pendiente de la ladera, comenzó a caer sobre las tropas cristianas, que trataban de proteger inútilmente sus cuerpos con las escuetas rodelas.La temida caballería musulmana había entrado en acción y con su empuje el avance de los infieles se detuvo.Desde su atalaya, Musa contempló cómo se trababa combate entre los hombres a caballo.Los Banu Qasi contaban con la ventaja de su ligereza y agilidad, que los hacía menos vulnerables a la espada de los cristianos, pero éstos oponían la solidez de su protección y el contundente efecto de sus armas más pesadas.Retiró la vista cuando una de esas espadas se abatió desde un costado sobre el hombro de uno de sus jinetes, que durante un instante vaciló sobre el caballo mientras, con el terror pintado en el rostro, veía caer al suelo el miembro limpiamente amputado.Rogó a Allah por que la agonía de aquel desgraciado fuera breve, y trató de concentrarse en el curso de la batalla.Buscó con la mirada la posición de Urdun, pero no halló rastro de la enseña real.Las tropas visibles parecían dirigidas por un jinete provisto de una brillante loriga sobre sus ropas de buena factura, pero no se apreciaban en él la compostura ni la complexión del monarca de los yilliqiyin.Tras el empuje inicial de la caballería musulmana, las tropas cristianas parecían haberse recompuesto, y presentaban ahora batalla cuerpo a cuerpo con especial ferocidad.Los cadáveres empezaban a contarse por centenares, y las bajas se hacían notar en un combate menos trabado.Los infantes cristianos comenzaban a dar muestras de flaqueza mientras defendían su posición, pero a medida que pasaba el tiempo la superioridad numérica de los musulmanes se hacía más y más patente.Musa contemplaba a sus hijos y a Garcés desde el alto, batiéndose con fiereza contra aquellos soldados que en muchos casos habrían sido reclutados por la fuerza y carecían a todas luces de experiencia en la guerra.Trataba de encontrar sentido a la estrategia de Urdun, pero no hallaba explicación al hecho de que enviara a sus hombres montaña arriba en busca de un enemigo que lo superaba en efectivos y cuya situación estratégica le proporcionaba evidente ventaja.Sentía que algo se le escapaba.Urdun no era ya un hombre sin experiencia, y no parecía verosímil que por segunda vez estuviera conduciendo a su ejército a la derrota de una forma tan pueril.El paso del tiempo parecía decantar la lucha a su favor, pero lejos de sentir la euforia de la victoria cercana, una sorda inquietud se adueñaba de él.Se decía que no era extraño: la angustia y el olor de la sangre tan cercana, la pérdida de sus hombres ante sus propios ojos, siempre le habían supuesto un trauma cuyas marcas tardaban en desaparecer.Pero en esta ocasión se trataba de algo más.Vislumbró a Fortún abajo en la ladera, girando su caballo hacia él.Alzaba el brazo señalando en su dirección, pero Musa no alcanzaba a ver su expresión.Parecía que un grito desaforado salía de su garganta: quizás una señal de euforia dentro de la borrachera de sangre y violencia que se apoderaba de un guerrero en plena batalla, la expresión del despecho al comprobar que la victoria no estaba lejos y que tanto sufrimiento no iba a ser en vano.Lo vio espolear a su caballo y forzarlo ladera arriba, lanzando con su sable estocadas al aire.Y al aproximarse a su posición, distinguió la expresión de su rostro: su vista no se fijaba en él, sino en algún punto situado a sus espaldas, en lo alto del monte.Y la mirada que se vislumbraba en sus facciones descompuestas era de pavor.Entonces lo comprendió todo: la ausencia de Urdun del campo de batalla, la estrategia suicida de los cristianos que luchaban a sus pies.Musa volvió la cabeza antes de tirar de la rienda del caballo con el brazo izquierdo, sabiendo lo que iba a ver a continuación.Sobre el borde recortado de la cima, en una línea que se extendía entre el promontorio del castillo y la loma situada hacia poniente, una fila apretada de jinetes acababa de tomar posiciones, y al frente de todos ellos, sobre un espléndido caballo tordo, destacaba por su porte y su actitud quien no podía ser sino el rey de los yilliqiyin.Esta vez fue Musa quien contempló, como si el tiempo se hubiera ralentizado, cómo Urdun alzaba su espada, y a su señal todas sus huestes, formadas por centenares de jinetes e infantes, se lanzaban colina abajo cerrando cualquier escapatoria.De nada sirvieron los toques de las trompas ordenando la retirada.La única esperanza era la huida de sus hombres hacia la vaguada que se abría al este, cubierta por una espesa vegetación que podría darles cobijo y la oportunidad de escapar a una muerte cierta [ Pobierz całość w formacie PDF ]