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.Haciendo un gesto al magistrado para que sacara la tablilla de cera, el emperador cogió el punzón y comenzó a escribir.—Te enviaremos al protospatharius mañana para arreglar las provisiones.El contingente saldrá dentro de tres días.Pasando de nuevo la tablilla al magistrado sagrado, Basilio alargó la mano al rey para que se la besara.Esta vez, el jarl Harald Bramido de Toro inclinó la cabeza y selló su trato con un beso.El emperador se levantó del trono, recogió el plato de oro que estaba a sus pies y se lo ofreció al resuelto danés; entonces, descendiendo de la tarima, se agachó y con su propia mano cogió un puñado de monedas de oro del suelo, que vertió con gesto magnánimo en el plato de Harald, como un rico mercader que da limosna a su mendigo favorito.El rey bárbaro sonrió con tan manifiesto deleite que el emperador repitió el gesto.No pude evitar percibir, sin embargo, que el cumtach de plata no recibió más atención y quedó olvidado al pie del trono.Basilio entonces despidió a su nuevo aliado diciendo:—Sírvenos bien, rey de Escania, y la gloria y el tesoro que buscas serán tuyos, si Dios quiere.Harald se lo agradeció e inició la retirada, diciendo que retornaría al barco y esperaría hasta cuando el emperador dispusiera.Entonces, siguiendo al magistrado, nos alejamos de la presencia imperial con los ojos bajos, caminando lentamente desde el trono hasta la puerta.Al llegar a ella, hice una pausa para echar una última mirada al hermoso salón y el magistrado puso su mano en mi hombro.—El basileus quisiera hablar contigo a solas —dijo, señalándome el trono.Alcé la vista y vi que el emperador me esperaba.—Dile a tu rey que volverás con él cuando el emperador haya terminado contigo.Harald, contento con su oro, gruñó en señal de conformidad, y yo volví al trono preguntándome qué querría de mí el corregente de Dios en la Tierra.33—Vivimos tiempos inseguros, hermano Aidan —dijo el emperador con voz a la vez familiar e imponente—, como has visto hoy: funcionarios de confianza abusan de su poder para robar y estafar, y saqueadores bárbaros piden justicia y juran lealtad.El emperador había ordenado salir a todos los que estaban en la cámara real menos a su guardia privada.Estos hombres permanecían alrededor del trono, sin expresión alguna.Nadie más podía oír lo que el emperador me decía.Señalando a la guardia farghanese que rodeaba su trono, dijo:—Mira ahora y dinos quién está más cerca del emperador.Parecía esperar una respuesta, así que contesté:—¿Son bárbaros, soberano señor?—Tu amo es un bárbaro y hemos visto a muchos otros antes.No nos engañamos, hermano Aidan.Acabamos de hacer frente a un enemigo que había venido a robar y matar; dijo la verdad, sí, pero de todos modos ya lo sabíamos.Y no obstante le dimos una oportunidad, aunque sabemos bien quién le puso la oportunidad al alcance de la mano, sutil sacerdote.Este rudo bárbaro ha resultado más digno de confianza que el hombre nacido y educado para desempeñar su oficio.»La confianza es aquí la cuestión más importante.¿En quién confía el emperador? ¿En sus amigos? Los amigos se debilitan a causa de la envidia y de la ponzoña de la ambición, y más rápido le cortarían el cuello que doblarían ante él la rodilla.¿Confía en sus funcionarios, esos cientos y cientos de anónimos y solícitos funcionarios que envenenarían su bebida antes que besar su anillo? ¿Confía en sus hijos, hombres que o bien son demasiado jóvenes para sobrellevar el peso del Estado, o bien tienen la ambición y la energía desmedida de la corona?Sopesaba el efecto de sus palabras y al mismo tiempo asentía con orgullosa satisfacción.—Creo que empiezas a darte cuenta de la situación.El emperador debe juzgar la lealtad de cada hombre que designa para cada una de las numerosas tareas que deben cumplirse en el imperio.Entre todas las obligaciones, hay algunas que da lo mismo que las realice un hombre u otro.Pero algunas, sin embargo, requieren necesariamente un súbdito leal, y entonces la elección debe ser lo más certera posible.Mientras hablaba, comencé a sentir una extraña sensación en el estómago, algo así como un vago temor, o sospecha, como si hubiera hecho una apuesta fuerte y ahora estuviera a punto de descubrir si había ganado o perdido.—El komes Nikos, como has visto, es un siervo leal e intachable —continuó el emperador Basilio— [ Pobierz całość w formacie PDF ]