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.Estuvo seis meses en el penal, el hombre.Nunca lo pude olvidar.Cuando salió, andaba medio boleado, y no se repuso más.Otra vez maté a un chorrito en Las Lomas, se había encerrado en un rancho con un rehén, un chacarero que lloraba como un chico, me cubrí con un colchón y arremetí, lo dejé seco de un tiro, pobre pibe, pero el italiano salió ileso, se había hecho encima, así son las cosas.Se vive en medio del olor a bosta.Mi padre era comisario y se volvió loco, y a mi hermano lo fusilaron en el 56 y yo soy un ex comisario y estoy aquí.Una vez estaba tan desesperado que me metí en la iglesia, había ido a Rauch a llevar a un cuatrero, el tipo me pedía que lo largara, que tenía dos hijos chicos, para qué te voy a contar, lo dejé en la prisión y me quedé dando vueltas porque no podía sacarme de la cabeza al gaucho ese que llevaba una foto de sus hijitos queridos, como decía.Entonces crucé la calle y me metí en la iglesia.y ahí fue donde hice una promesa que espero poder cumplir.—Se quedó pensando—.No sé por qué me acuerdo de estas cosas, las ideas se me clavan en la cabeza, como ganchos, y no me dejan pensar bien.—Se quedó callado y luego su expresión pareció cambiar—.Me vine aquí —dijo con un brillo de malicia en la mirada— porque quiero que Cueto piense que estoy fuera de juego.Me tenés que ayudar.—Bajó la voz y le dio algunas indicaciones.Renzi anotó dos o tres datos.Como él no conocía nada de nada, podía ser que descubriera algo, ésa era la hipótesis de Croce.Antes había que saber lo que iba a pasar, ahora es mejor ir a ciegas y ver qué sale, le dijo.Después se distrajo mirando a los otros internos.Se habían detenido frente a la cama del comisario, en la mitad del pasillo, y hacían el signo de pedir cigarrillos.Se llevaban dos dedos a la boca y hacían que fumaban, mirando a Renzi.—Aquí —dijo Croce— una pitada de cigarrillo vale un peso a la mañana y cinco pesos a la noche.El precio sube cada hora que se pasa sin fumar.Nos van a convidar, deciles que no, gracias, y dales un cigarrillo.—Se fueron acercando a la cama de Croce, sin dejar de fumar en el aire.Renzi les dio un cigarrillo y entonces los dos se pusieron a fumar por turno en el pasillo.El más gordo había partido al medio un billete de un peso y le dio al otro la mitad del billete a cambio de una pitada.Cada vez que fumaban le daban al otro la mitad del billete y cuando exhalaban el humo se guardaban la mitad en el bolsillo.Pagaban con el medio billete, aspiraban, exhalaban, recibían la mitad del billete, el otro fumaba, soltaba el humo, pasaban la mitad del billete, el otro fumaba, el circuito era cada vez más rápido a medida que el cigarrillo se consumía.La colilla los obligaba a ir rápido para no quemarse y al final la tiraron al piso cuando sólo era una brasa y la miraron consumirse.El que terminó primero le exigió al otro la mitad correspondiente del billete y se pelearon a los gritos hasta que un enfermero apareció en la puerta y los amenazó con llevarlos a la ducha.Entonces se sentaron uno en cada cama, de espaldas, mirando la pared.Croce saludó a Renzi con alegría, como si lo viera por primera vez.—Leíste mis cartas.—Se rió—.Me las dictan.—Hizo un gesto hacia el techo con un dedo—.Oigo voces —repitió en voz muy baja—.Los poetas hablan de eso, una música que te entra por la oreja y te dice lo que tenés que decir.¿Trajiste lápiz y papel?—Traje —dijo Renzi.—Te voy a dictar.Vení, vamos a caminar.—Si camino no puedo escribir.—Te parás, escribís y después seguimos caminando.Se paseaban por el pabellón, de una pared a la otra.Señores, dictó Croce, regreso para informarles que la especulación inmobiliaria., pero se detuvo porque uno de los internos, el flaco, con la cara picada de viruela, se levantó y se acercó y empezó a caminar junto con ellos, adaptando su paso al ritmo de Croce.El otro también se acercó y los siguió al compás, como en un desfile.—Ojo con éste, que es cana —dijo el flaco.—Cree que es cana —dijo el gordo—, cree que es un comisario de policía [ Pobierz całość w formacie PDF ]