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.Pero ellos apuntaron sus armas.… Una serie de estallidos secos como toses.El hombre del carruaje se había vuelto hacia la ventana y ofrecía un blanco fácil; dio una sacudida al recibir un disparo en el hombro izquierdo, tocándoselo con la mano del mismo costado.La mano derecha se alzó como si fuera a protestar y Josep vio cómo volaba parte del dedo anular.Luego otra bala le acertó el pecho y dejó un mordisco pequeño y oscuro en la capa, igual que los cientos de agujeros que el grupo de cazadores había marcado en los árboles.A Josep le sorprendió observar la amargura que mostraba el rostro del hombre al darse cuenta de lo que estaba pasando.Alguien gritó:–¡Jesús!Y luego soltó un chillido largo y femenino.Al principio Josep creyó que procedía de una mujer, pero luego se dio cuenta de que era la voz de Enric.De pronto todo el mundo corría en la oscuridad y Josep echó a correr también sobre el suelo nevado, alejándose de los caballos, que al respingar inclinaban el carruaje.TERCERA PARTEEn el mundoMadrid28 de diciembre de 1870419Caminar sobre la nieveSe cayó al suelo, mojado y frío, pero se levantó y siguió corriendo mientras le aguantó la respiración, hasta que al fin se detuvo y se apoyó en la fachada de un edificio.Al poco retomó la huida, ahora caminando, pero dominado aún por el terror.No tenía ni la menor idea de adónde lo llevaban sus pies y, al pasar bajo una lámpara, se sobresaltó cuando lo llamó una voz desde la oscuridad:–Josep.Espera.Guillem.–¿Qué ha pasado, Guillem? ¿Por qué le han disparado al pobre cabrón? ¿Por qué no se han limitado a arrestarlo tal como habían dicho?–No lo sé… Bueno, no ha pasado tal como había predicho Peña, ¿no? Tal vez él pueda explicarlo.Nos ha dicho que si pasaba algo, fuéramos a la estación.–Ah, sí, la estación.¿Sabes cómo llegar? No tengo ni idea de dónde estamos.–Creo que es por esa dirección… -dijo Guillem, impotente.Caminaron rendidos de cansancio durante un buen rato hasta que Guillem admitió que estaba tan perdido como Josep, y cuando éste preguntó al conductor de un carruaje cómo llegar a la estación descubrieron que habían estado andando hacia el norte, en vez de hacia el sur.El hombre les dio largas y complicadas instrucciones, tras las cuales se dieron la vuelta y empezaron a deshacer sus pasos.Lo último que querían era volver a pasar por el barrio del asalto, y eso exigió un desvío, durante el cual Josep y Guillem olvidaron algunos detalles de la orientación que les acababan de dar.Frío y agotado, Josep señaló un cartel que anunciaba la presencia de un pequeño café llamado Metropolitano.–Preguntemos ahí.Una vez dentro, hasta los bajos precios anotados en la pizarra los intimidaron.Aunque apenas llevaban dinero, pidieron cada uno un café.Su llegada interrumpió una discusión entre el alto y musculoso propietario y su anciano camarero.–Gerardo, Gerardo.¡Los malditos platos del almuerzo! ¡Están sin lavar! ¿Pretendes servir la comida en platos sucios?El camarero se encogió de hombros.–No es culpa mía, ¿no? Gabino no ha aparecido.–¿Y por qué no has buscado a otro, imbécil? En plena época de fiestas y sin nadie que lave los platos.¿Y ahora qué quieres que haga?–¿Fregarlos, tal vez, señor?El camarero volvió a encogerse de hombros, aburrido.Cuando les sirvió el café, Guillem le preguntó cómo llegar a la estación.–Están al oeste.Han de bajar por esta calle y tomar la segunda a la derecha.Al cabo de seis o siete manzanas verán los hangares de los trenes.El camino más corto desde aquí es cruzar los hangares para entrar en la estación por detrás.Mientras ellos se tomaban el ansiado café caliente, el camarero añadió una advertencia:–No hay ningún peligro en cruzar los terrenos de la estación, salvo que sean tan idiotas como para caminar por las vías.Cuando llegaron a la zona de la estación había parado de nevar, pero no se veían estrellas.Caminaron entre barriles de carbón y pilas de leña.Los vagones de carga, pintados de blanco, parecían monstruos dormidos.Pronto vieron las lámparas de gas de la estación y tomaron el camino que llevaba hasta ellas, paralelo a un tren abandonado.Tras echar un vistazo al otro lado de la locomotora, Josep anunció:–Ahí está Peña.Mira, y Jordi también.Peña estaba de pie junto a un carruaje detenido, con Jordi Arnau y otros dos hombres.El sargento habló un momento con Jordi y abrió la puerta del carricoche.Al principio pareció que Jordi se disponía a entrar, pero luego vio algo dentro que lo frenó y uno de los hombres empezó a empujarlo.–¿Qué diablos…? – exclamó Josep.Otros tres hombres se acercaron al coche y se quedaron mirando mientras Jordi se daba la vuelta y alzaba los puños.El más cercano a él sacó una navaja y, ante la incrédula mirada de Josep, la clavó en la garganta de Jordi y trazó un tajo por el cuello.Josep pensó que aquello no podía estar pasando de verdad, pero Jordi estaba ya en el suelo y su sangre brillaba en contraste con la nieve bajo la amarillenta luz de la farola [ Pobierz całość w formacie PDF ]