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.Si te pones fastidioso con la pureza, nunca harás nada en el mundo.Nunca serás un verdadero hombre.»Ya que he dicho tanto —prosiguió—, creo tener derecho a que comprendas mis intenciones.No te metí en la cárcel para salvar el pellejo de Kurahara.Ni siquiera para salvar el tuyo, si hubiese pensado que con el proyecto que perseguíais te ganabas la gloria.Te metí en la cárcel porque pensé que no te la ganabas.Di aquel paso apurando un vaso de sangre.¿No es así, Miné?—Isao, te arrepentirás si no te muestras agradecido por cuanto ha hecho tu padre —dijo Miné.Con la cabeza muy inclinada hacia adelante, Isao callaba.El sake que había bebido le teñía levemente las mejillas.Las manos, que tenía puestas sobre el mantel del kotatsu, le temblaban.Honda, al contemplarlo, comprendió súbitamente que todo lo que Iinuma había dicho confusamente era en síntesis algo muy cercano a lo que él mismo le hubiese dicho al muchacho.A todo lo largo del discurso, en el que Iinuma buscaba por encima de todo justificarse, había momentos en que casi le interrumpió.Ahora pensaba que, con los ojos abiertos, Isao tal vez pudiese mirar de cara al mundo.Aunque tal vez hubiera sido mejor callar.Si dijera algo para consolarlo, acaso corriera el peligro de transformar aquel momento en algo carente de sentido.Lo que en realidad Honda sentía deseos de comunicar era el secreto de la reencarnación de Kiyoaki en Isao.Pero cuando éste, que tenía la cabeza gacha, la levantó, mostrando las lágrimas que le corrían por las mejillas, Honda perdió por completo el deseo de revelar aquel secreto que había guardado hasta entonces.Prefirió dejarle batir las alas como si fuese un pájaro liberado.Isao habló desordenadamente, como un perro que ladrara de inquietud.—He vivido hasta hoy en virtud de una ilusión.Sobre una ilusión he moldeado mi vida.Y este castigo me llega por culpa de mi ilusión… ¡Cómo quisiera tener algo en la vida que no fuese una ilusión!—Si llegas a ser adulto, lo tendrás.—¿Un adulto preferiría…? Sí, tal vez debiera reencarnarme en una mujer.Si fuese mujer no tendría que perseguir ilusión alguna.¿No es así, madre?De pronto rompió a reír, y fue como si algo se rompiese.—¿Qué dices? —preguntó Miné un poco airada—.¡Reencarnarte en una mujer! ¡Qué tonterías dices! Has de estar borracho para salir con algo así.Pronto, tras beber un poco más de sake, Isao se quedó dormido sobre el tapete que cubría el kotatsu.Sawa se encargó de él, conduciéndolo a su habitación.El preocupado Honda, resuelto a aprovechar la ocasión para irse, se puso de pie y les siguió.Mostrando una tierna solicitud, Sawa, sin decir palabra, metió a Isao en su lecho para que durmiese toda la noche.Una vez hecho esto, cuando se disponía a marcharse a su cuarto, oyó a Iinuma que le llamaba desde el otro extremo del corredor, de modo que Honda se encontró solo ante el muchacho.Su rostro dormido mantenía el rubor que el sake le proporcionara y también mostraba una expresión desolada.Su respiración era ruidosa.Aun dormido, sus cejas se juntaban sobre los ojos con gesto varonil.De pronto, agitándose sobre su futón, Isao gritó algo sin despertar, algo demasiado confuso para que Honda lo comprendiese enteramente, algo así como «Lejos, hacia el sur… Mucho calor… Al salir el sol en tierras del Sur…».En ese momento Sawa retornó a la habitación, de modo que Honda, aunque aquel grito emanado del sueño de un ebrio le impresionaba y no estaba dispuesto a olvidarlo, le pidió que velase por Isao.Dirigiéndose hacia el vestíbulo de entrada, pensaba que había arriesgado todo para acudir en ayuda de Isao y, aunque había ganado el proceso, no pudo evitar un sentimiento de futilidad.Capítulo 39Al día siguiente el tiempo era espléndido.Por la mañana, los Iinuma recibieron una visita.Se trataba del detective Tsuboi, perteneciente a la comisaría del barrio.El hombre, de edad madura, había alcanzado un segundo grado en el kendo.La razón de su visita era llevar un mensaje para Isao de parte del comisario, quien le solicitaba que no dejase de concurrir los sábados por la mañana a instruir en el kendo a los chicos del vecindario.—Así es —dijo—.Aunque, por causa de su grado, el señor comisario no considera prudente venir en persona, nos ha dicho en privado que siente por ti una gran admiración.Y los padres de los chicos están ansiosos porque alguien como tú sea el instructor de ellos, de manera que se sientan contagiados por el puro espíritu japonés.Si no hubiera apelación, quisiéramos que vinieses a la comisaría en cuanto pasasen las fiestas de año nuevo.Aunque no creo que haya apelación.Isao dirigió los ojos a los pantalones del hombre, que estaba vestido de paisano.La raya del pantalón apenas era perceptible.Luego pensó en el ejercicio con los chicos.Mientras aquel hombre entrenaba, el tiempo corría, envejeciéndolo.Sus cabellos blancos brillarían cada vez más por las zonas donde el pañuelo rojo, que envolvía en torno a su cabeza, les permitía ser vistos.En cuanto el policía se marchó, Sawa vino a preguntar a Isao si quería ir con él a su habitación [ Pobierz całość w formacie PDF ]