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.El ejército al completo se hizo eco del grito y echó a correr hacia los pompeyanos.Pronto vieron cómo el enemigo todavía inmóvil se amilanaba ante la virulencia de su ataque.Como es de suponer, aquello aumentó la determinación.de los cesarianos y se estrellaron contra las filas de sus contrincantes como Vulcano golpeando un fragmento de metal.Los primeros en alcanzar a los pompeyanos fueron la Novena y la Décima, que le sacaron mucho provecho a las jabalinas.Lanzando ráfagas densas, hicieron cundir el pánico entre los elefantes de guerra, que se volvieron y salieron en estampida por entre sus propias filas.Sin pausa, los veteranos chocaron contra los soldados desconcertados de detrás, y los descuartizaron como si fueran leña.Las tropas enemigas no sabían cómo reaccionar y la misma situación se repitió a lo largo de todo el frente de batalla.Espoleados por el éxito de las legiones Novena y Décima, todos los soldados del ejército de César se abalanzaron sobre los pompeyanos como posesos.Como no estaban preparados para tamaño fervor, los adversarios se limitaron a separarse y echar a correr.Soltaron las armas, dieron media vuelta y huyeron a lo largo de la lengua de tierra.El estrecho puente de tierra, que tan perfecto había parecido para el ataque, se convertiría enseguida en un terreno idóneo para matar.No había escapatoria posible, y los pompeyanos no corrían tan rápido como para tomar la delantera a los legionarios cesarianos enfurecidos.No hubo cuartel y miles de soldados enemigos murieron suplicando por su vida.Era casi como si cada hombre intentara acabar la guerra civil por sí solo, pensó Romulus mientras veía cómo sus compañeros abatían a todo enemigo con el que se cruzaran.Daba igual que intentara luchar, huir o rendirse.Heridos, ilesos o desarmados, los mataban de todas formas.Más de un oficial cesáreo que intentó intervenir acabó muerto, y Atilius tuvo la sensatez de dejar que sus legionarios hicieran lo que quisieran.Aunque Romulus conocía los motivos de sus compañeros —estaban hartos de pompeyanos vencidos a quienes César había perdonado y que renegaban de su palabra y se reincorporaban a la lucha—, no era capaz de matar a hombres indefensos.Después de la carga inicial, cuando había abatido a varios soldados pompeyanos, Romulus se limitó a correr al lado de Sabinus y los demás haciendo poco más que observar cómo la batalla se convertía en una aplastante derrota.Sus compañeros estaban tan poseídos por el frenesí de la batalla que ni siquiera se dieron cuenta.Quizás ése fuera el motivo por el que Romulus vio al elefante antes que nadie.Aterradas por la cantidad de jabalinas y flechas que lanzaron los legionarios y las tropas de proyectiles de César, casi todas las bestias grandes se habían dado la vuelta y huido.Por lo que veía Romulus, todavía no se habían parado.Salvo aquel elefante.Con numerosos pila clavados en la piel gruesa y curtida, como alfileres en un cojín, el elefante se había dado media vuelta y cargaba por entre sus propios soldados que se batían en retirada en dirección a las líneas de César.Hacia la Vigésima Octava.Barritando de dolor e ira, aplastaba a los hombres que se interponían en su camino como si fueran ramitas.Hacía rato que su cuidador había desaparecido, probablemente abatido por una lanza o flecha, por lo que el elefante arrasaba con lo que le venía en gana.Totalmente fuera de sí, iba matando a todo el que se interponía en su camino.Romulus se dio cuenta de que la reacción de los pompeyanos al verlo venir variaba.A algunos les entraba el pánico y corrían hacia los cesarianos, quitando de en medio desesperadamente a sus compañeros.Otros conseguían mantener la calma y le lanzaban los pila a los ojos o a la trompa para intentar interceptarlo.Otro grupo se quedó paralizado sin saber qué hacer frente a tamaño leviatán.Todas aquellas estrategias tenían un éxito relativo y a Romulus el corazón le latía a toda prisa mientras se planteaba qué hacer.El elefante atravesó la última fila de soldados pompeyanos y fue directo al centro de la Vigésima Octava, que estaba justo detrás.Los hombres salían disparados hacia el cielo al ser golpeados por la trompa balanceante.Otros eran pisoteados en la arena y unos pocos desgraciados murieron corneados.Los legionarios intentaban apuñalar al animal en vano con los gladii, deseando tener las hachas de las cohortes preparadas especialmente para ello.Romulus se acordó de Tarquinius y su mortífera hacha doble.En ese mismo instante, se acordó también de Brennus.El viejo sentimiento de culpa se reventó como el pus del centro de un absceso, por lo que Romulus se desmoralizó [ Pobierz całość w formacie PDF ]