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.¿O que de otra forma, ella misma os lo pediría?—Bien veis que no podéis permanecer seria.—Seré muy seria en una cosa, David —dijo—: siempre seré vuestra amiga.Cuando a la mañana siguiente subí a mi caballo, las cuatro damas permanecieron en aquel mismo ventanal desde el que un día miramos a Catriona, y todas me dijeron adiós y agitaban sus pañuelos mientras me iba alejando.Yo sabía que al menos una de las cuatro quedaba verdaderamente triste; y, pensando en ello y cómo había llegado a esa puerta por primera vez tres meses antes, la tristeza y la gratitud se aunaron en mi espíritu.Segunda Parte: Padre e hijaXXI.El viaje a HolandaEl barco estaba anclado bastante fuera del muelle de Leith, de suerte que todos los pasajeros debíamos llegar hasta él por medio de esquifes.Esta circunstancia no resultaba demasiado molesta, ya que el día, muy frío y nublado, estaba completamente en calma, con una profunda y cambiante bruma flotando sobre la superficie del agua.Mientras me acercaba, el casco del navío permanecía totalmente oculto, pero sus altos palos se erguían orgullosos y resplandecientes en medio del cielo como la llama vacilante de un fuego.El barco resultó ser un mercante espacioso y cómodo, pero con la proa algo hundida y cargado en exceso de sal, salmón salado y finas medias de lino blanco con destino a Holanda.A mi llegada a bordo, fui recibido por el capitán —un tal Sang, de Lesmahago, según creo—, viejo lobo de mar cordial y amistoso, pero demasiado ocupado en ese momento.El resto de los pasajeros aún no había llegado, de manera que pude pasear libremente sobre cubierta, contemplando el panorama, mientras me preguntaba en qué consistiría esa despedida que se me había prometido.Edimburgo y Pentland Hills brillaban ante mí sumergidas en una especie de vaho luminoso, coronado aquí y allá por jirones de nubes; de Leith no alcanzaba a ver más que las puntas de las chimeneas, y en la superficie del agua, donde reposaba la bruma, no se veía absolutamente nada.Procedente de esta niebla oí, poco después, un chapoteo cadencioso de remos y, al instante, (como emergiendo del humo de un fuego) apareció un bote.Sentado en la escota de popa se encontraba un hombre de aspecto grave y a su lado una esbelta y delicada figura femenina, cuya visión dejó mi corazón en suspenso.Apenas tuve tiempo para recobrar el aliento y prepararme para recibirla, cuando ya ella ponía pie sobre la cubierta; sonriendo le dediqué mi mejor reverencia, bastante más distinguida ahora que algunos meses atrás cuando la saludé por primera vez.Ciertamente ambos habíamos experimentado un gran cambio: ella parecía haber crecido como un joven y bello árbol.Mostraba ahora una especie de reserva que la favorecía; como si se viese a sí misma más favorablemente y se sintiese completamente mujer; por otra parte, parecía que sobre ambos hubiese actuado la mano de un mago, y, si la señorita Grant no había logrado hacernos distinguidos, cuando menos nos había convertido en elegantes.La misma exclamación, casi con las mismas palabras, brotó de nuestros labios; ambos creíamos que el otro había venido a despedirse por cortesía, pero al instante descubrimos que íbamos a navegar juntos.—Oh, ¿por qué no me lo dijo Baby? —exclamó, e inmediatamente recordó que había recibido una carta con la condición de no abrirla hasta encontrarse a bordo.Dentro había una nota para mí, que decía así:«QUERIDO DAVIE: ¿Qué pensasteis de mi despedida? ¿Y qué os parece vuestra compañera de viaje? ¿La habéis besado o le habéis pedido autorización? Pensaba firmar aquí, pero encontraríais ambiguo el significado de mi pregunta y, por lo que a mí respecta, "conozco la respuesta".Así pues, añado algunos buenos consejos.No seáis demasiado tímido y, ¡por amor de Dios!, no intentéis ser demasiado audaz, nada os conviene menos.Vuestra afectuosa amiga y consejera BARBARA GRANT.»Por cortesía, escribí unas palabras de respuesta en una hoja arrancada de mi cuaderno de notas, las puse con otros garabatos de Catriona, lacré todo con mi nuevo sello con las armas de Balfour y lo envié con el criado de Prestongrange, que todavía esperaba en mi bote.Entonces nos miramos largamente y luego, bajo un común impulso, estrechamos nuestras manos de nuevo.—¡Catriona! —exclamé, y toda mi elocuencia quedó reducida a esa única palabra.—¿Estáis contento de verme de nuevo? —preguntó.—Contento es una palabra insuficiente.Pero nosotros somos demasiado amigos para hacer frases tan inútiles.—¿No es la mejor muchacha del mundo? —exclamó, de nuevo—.No he conocido nunca una joven tan bella y tan honesta.—Y, sin embargo —repuse—, a ella le importa tanto Appin como un troncho de berza.—Ah, pero nunca lo ha ocultado —dijo Catriona—, y además, ese nombre y noble linaje de la sangre bastaron para que me acogiese y fuese tan buena conmigo [ Pobierz całość w formacie PDF ]