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.Aquellas palabras habían agregado muy poco a su colección.Tenía ya varios incestos, inevitables en el poblacho despojado de hombres que se llevó la guerra o la miseria; pero tal vez ninguno tan tenaz y reiterado, casi matrimonial.Quería saber más y murmuró convincente: «es la vida, el mundo, la carne, hija mía».Ahora ella volvía a dilatar los ojos perdiéndose en la pausa protectora de la pared encalada.Volvió a reír y a llorar sin lágrimas como si llanto y risa fueran sonidos de palabras y graves confidencias.Larsen supo que no estaba moribunda ni se burlaba.Estaba loca y el hermano, si era el hermano, vigilaba su locura con una rígida cara de madera.Equivocándose, ordenó padrenuestros y avemarías y, como en el pasado, vaciló con el viejo asco mientras se inclinaba para bendecir la cabeza de pelo húmedo y entreverado; no pudo ni quiso besarle la frente.Oyó mientras salía guiado por el impasible hermano:—Cuando otra vez me vaya a morir, lo llamo y le cuento lo del caballo y la sillita de ordeñar.Él me ayudó, pero nada.En la calle, bajo la blancura empecinada del sol, la mula restregaba el hocico en las piedras buscando, en vano, mordiscar.Al regreso, de retorno al corral, la bestia trotó dócil y apresurada mientras el padre Larsen, sin abrir el quitasol rojo, hacía balance de lo obtenido y aguardaba, esperanzado, a que llegara la segunda agonía de la mujer.El padre Larsen buscó sin encontrar ninguna araucaria.La manoA los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio:—La leprosa.Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile.No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado.Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.Dermatitis, había dicho el médico del Seguro.Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos.«Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros.Pero nadie sabe nada de eso para curarla.Para mí, no es contagioso.Y hasta diría que es psíquico.»Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando.Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando.La versión de linaceroEncontré a Cordes casualmente y vinimos por la noche a mi pieza.Habíamos estado tomando unas cañas, él compró cigarrillos y yo, felizmente, tenía un poco de té.Estuvimos hablando durante horas, en ese estado de dicha exaltada, y suave no obstante, que sólo puede dar la amistad y hace que insensiblemente dos persona vayan apartando malezas y retorciendo caminos para poder coincidir y festejarlo con una sonrisa.Hacía tiempo que no me sentía tan feliz, libre, hablando lleno de ardor, tumultuosamente, sin vacilaciones, seguro de ser comprendido, escuchando también con la misma intensidad, tratando de adivinar los pensamientos de Cordes por las primeras palabras de sus frases.Estábamos tomando el té, serían las dos de la mañana, acaso más, cuando Cordes me leyó unos versos suyos.Era un poema extraño, publicado después en una revista de Buenos Aires.Debo tener el recorte en alguna de las valijas, pero no vale la pena de ponerse a buscarlo ahora.Se llamaba «El pescadito rojo».El título es desconcertante y también me hizo sonreír.Pero hay que leer el poema.Cordes tiene mucho talento, es innegable.Me parecía fluctuante, indeciso, y acaso pudiera decirse de él que no había acabado de encontrarse.No sé qué hace ahora ni cómo es; he dejado de tener noticia suyas y desde aquella noche no volví a verlo, a pesar de que sabía dónde buscarme.Aquella noche dejé enfriar el té en mi vaso para escucharlo.Era un verso largo, como cuatro carillas escritas a máquina.Yo fumaba en silencio, con los ojos bajos, sin ver nada.Sus versos lograron borrar la habitación, la noche y al mismo Cordes [ Pobierz całość w formacie PDF ]