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.También se estaba levantando viento; cuando los copos empezaran a ser más gruesos, habría ventisca.No quedaba tiempo para tomar alimento alguno, ni siquiera té.Cuando el carbón estuvo preparado, los hombres se mostraron ansiosos por partir.Jo-An se hincó de rodillas ante mí, pero yo hice que se levantara y le di un abrazo.Su cuerpo se mostraba tan frágil y delgado como el de un anciano.—Nos encontraremos de nuevo en la primavera -le aseguré-.Te haré llegar un mensaje al puente de los parias.Él asintió con la cabeza, sobrecogido por la emoción, como si no pudiera soportar el hecho de separarse de mí.Uno de los hombres agarró un tardo y se lo colocó a la espalda, a la altura de los hombros.Los otros ya se encaminaban en fila ladera abajo.Entonces Jo-An me hizo un último gesto, algo a medias entre una señal de adiós y una bendición.Después se dio la vuelta y, tambaleándose un poco bajo el peso del fardo, se alejó caminando.Le observé durante unos instantes, y sin apenas darme cuenta susurré las familiares palabras que los Ocultos utilizan en las despedidas.—Vamos, señor -me apremió mi acompañante, preocupado.Me di la vuelta y le seguí colina arriba.Ascendimos durante unas tres horas.El guía sólo se detenía de vez en cuando para doblar ramas que más tarde le indicarían el camino de regreso.La nieve caía de igual forma, ligera y seca, pero cuanto más ascendíamos, más y más cuajaba, hasta que el suelo y los árboles se cubrieron de una fina capa de helado polvo blanco.La rápida caminata me quitó el frío, pero el estómago me rugía de hambre; la carne de la noche anterior le había dado falsas esperanzas.Era imposible calcular la hora del día.El cielo mostraba un uniforme color gris parduzco, y el suelo empezaba a reflejar la extraña y desorientadora luz de los paisajes nevados.Mi acompañante se detuvo cuando nos encontrábamos a medio camino de la ladera que ascendía hasta la cumbre principal de la cordillera.El sendero que habíamos recorrido empezaba a retorcerse cuesta abajo y, a través de la cortina de nieve, pude ver el valle, donde las ramas de las hayas y los cedros ya se estaban cubriendo de blanco.—No puedo acompañarte más -me aseguró el guía-.Tú también deberías regresar conmigo.Se aproxima una ventisca.Incluso con buen tiempo, desde aquí se tarda casi un día entero en llegar al templo.Si continúas, perecerás en la nieve.—Me es imposible regresar -repliqué-.Acompáñame un poco más; te pagaré bien.Pese a mi insistencia, no logré persuadirle, y en el fondo tampoco lo deseaba.El hombre parecía sentirse inquieto y abatido por no encontrarse junto a sus compañeros.Le entregué la mitad de las monedas que me quedaban y, a cambio, él me dio una pata de la liebre, en la que aún quedaba algo de carne.Me indicó el camino que debía seguir y señaló algunos lugares de referencia al otro lado del valle, aunque bajo la débil luz resultaba difícil distinguirlos.Aunque yo ya lo sabía desde hacía tiempo, me dijo que el valle estaba atravesado por un río, y que éste marcaba la frontera del feudo.No había ningún puente, pero uno de los tramos era lo suficientemente estrecho como para atravesarlo a pie.En los remansos habitaban los espíritus del agua y la corriente formaba rápidos, por lo que tenía que tener cuidado de no caerme al río.Aquél era el lugar más accesible para cruzar y, aunque solía estar protegido por patrullas, lo más probable era que en un día semejante no hubiera vigilancia.Una vez alcanzado el siguiente feudo, debía continuar en dirección este y descender hasta un pequeño santuario donde el camino se bifurcaba.Allí tenía que tomar el sendero de la derecha y proseguir hacia el este, pues de otro modo volvería a ascender la cordillera.En aquel momento el viento llegaba del noroeste, por lo que siempre tenía que notarlo en el hombro izquierdo.Para que quedara clara su explicación, el guía me tocó el hombro dos veces y me miró a la cara con sus ojos rasgados.—No pareces un señor -confesó, contrayendo sus rasgos en una especie de sonrisa-; pero, de todas formas, que tengas buena suerte.Le di las gracias, e inicié el descenso de la ladera a la vez que mordisqueaba el hueso de la liebre, lo abría con los dientes y chupaba el tuétano.La nieve se hizo más densa y húmeda, y se derretía más lentamente sobre mi cabeza y mis ropas.Aquel hombre tenía razón, yo no parecía un señor.Desde que Yuki me había cortado el pelo al estilo de los comediantes, no me lo había vuelto a arreglar, y ahora me cubría las orejas; además, llevaba días sin afeitarme.Mis ropas estaban sucias y empapadas y, desde luego, el olor que despedía no era el propio de un señor.Intenté calcular cuándo me había bañado por última vez, y de repente, de nuevo, me vino a la mente la escuela de los luchadores, donde pasamos la primera noche tras la partida de Matsue.Recordé el enorme pabellón de baños y la conversación que yo había escuchado entre Akio y Hajime.Me pregunté dónde estaría Yuki y si se habría enterado de mi deserción.Me sentía incapaz de pensar en el niño que ella estaba esperando.Una vez conocida la profecía, la idea de que mantuvieran a mi hijo apartado de mí y le enseñaran a odiarme me resultaba aún más dolorosa.Me acordé de las palabras de Akio.Por lo visto, los Kikuta conocían mi carácter mejor que yo mismo.El rugido de las aguas se incrementó y se convirtió casi en el único sonido en aquel paisaje nevado, pues hasta los cuervos permanecían en silencio.Cuando divisé el río, la nieve empezaba a cubrir las rocas de las orillas.Corriente arriba, el agua caía en cascada y después se desparramaba entre empinados riscos, desplomándose por los peñascos y formando rápidos, antes de introducirse en un estrecho canal que discurría entre dos farallones planos.Junto a los riscos colgaban antiquísimos pinos retorcidos, y daba la impresión de que aquel paisaje cubierto por la nieve aguardaba la llegada de Sesshu, quien lo plasmaría en una de sus pinturas.Me agazapé bajo una roca junto a la que un pequeño pino se aferraba a duras penas y, aunque más parecía un arbusto que un árbol, me proporcionó algo de refugio.La nieve cubría el sendero, pero el trazado aún se distinguía y yo podía divisar el punto donde tenía que cruzar el río.Me quedé mirándolo un rato y agucé los oídos.El fluir de las aguas del río sobre las rocas seguía un ritmo inconstante.De vez en cuando la corriente se calmaba y se producía un extraño silencio, como si yo no fuera la única criatura que se detenía a escuchar.Era fácil imaginar cómo los espíritus que habitaban bajo el agua detenían la corriente y la volvían a empujar, gastando bromas y provocando a los humanos, y arrastrándolos con artimañas hasta la orilla [ Pobierz całość w formacie PDF ]