[ Pobierz całość w formacie PDF ]
.Es faux-filet, cocinado personalmente por María.—Ah —dije metiéndome un trozo en la boca—: está exquisito, María.—Gracias —me respondió ella.—Bien, sí —dijo Flor, reclamando un poco de atención—, pero, más adelante, Shakespeare…—Dejemos el «más adelante» para más adelante, de momento —le corté—, O sea que sí, admitimos la existencia de William Shakespeare, un chico de provincias que fue a probar suerte a Londres y escribió algunas obras copiando el estilo del genio reconocido de la época, Christopher Marlowe.Aquello provocó la ira, según se ha comprobado, de un hombre como Robert Greene, amigo de Marlowe y, por qué no, posiblemente también la ira del mismo Marlowe.Demos un paso más y recordemos que, por aquellas mismas fechas, el genio Marlowe se encontraba entre la espada y la pared, a punto de ser detenido, atormentado y ejecutado como cabeza de turco para apaciguar la ira de Dios, que había enviado la peste a Londres.¿Podía huir? Claro que podía hacerlo: tenía recursos y habilidad para hacerlo, pero aquello le convertiría en un paria el resto de su vida, le obligaría a empezar su carrera profesional de nuevo en otro lado, y con nombre falso.Por eso, ni lo intentó.De repente, Bastia se levantó de la silla, convencido de que, estando de pie, le haríamos más caso:—¡Si escuchas el último disco de Kobain al revés, se le oye acusando a los raperos de su asesinato! ¿No os habéis lijado en que el rap empezó a triunfar a partir del asesinato de Kurt Cobain? A mi, el Eminem éste es que me ralla y hace cagar.—El váter es la segunda puerta a la derecha —le salí enérgicamente al paso.Y continué—: ¿Podía falsificar su propia muerte, y huir, y escribir permitiendo que aquel actorcillo engreído, Shakespeare, firmase sus nuevas obras, para volver años después con una personalidad ficticia? Ésta es la otra teoría, pero yo tampoco me la creo.No era la manera más limpia ni airosa de resolver el problema, presentaba muchos inconvenientes y muchas incomodidades.Y Marlowe, además de inteligente y sabio, era astuto.Tenía la astucia de la calle, del superviviente.—Ostras, papá, ¿y entonces qué demonios hizo? —preguntó Ori, convertido en portavoz de la expectación general.Me acabé el último pedazo de faux-filet para aumentar esta expectación.Me sentía tan pedante como Hércules Poirot explicando quién y por qué mató al mayordomo.Pero Hércules Poirot no tenía una nuera que, en aquel momento, entraba en el comedor y rompía el encanto diciendo:—Ya están dormidos.Han caído como troncos.Estaban cansados, claro.Se despiertan tan temprano.Y no duermen, por la noche no duermen.Me he perdido un poco de la conversación.¿Me podéis hacer un pequeño resumen? Mmm, la carne está espléndida, María, felicidades.Después de esta parrafada, respiró tranquila y satisfecha, y continuó masticando mientras nos miraba, atenta a los siguientes acontecimientos.—¿Qué haría —planteé— un aspirante a autor del género de terror si Stephen King le invitase a una fiesta?—¡Hostia, a Stephen King lo conozco, tío! —saltó Bastia—.¡Me he leído todas sus películas! ¡Es tope cojonudo, tío!Mi auditorio compuesto por María, Monica y Flor, manifestó su acuerdo de que el aspirante a autor acudiría corriendo a la cita, con la lengua fuera.Pero sólo María entendió en seguida las implicaciones de la pregunta:—¿Quieres decir que Marlowe invitó a Shakespeare a la fiesta en la posada de Deptford? —Y añadió—: ¿Quieres decir que…?—Exacto —dije—.Christopher Marlowe necesitaba un cadáver… ¿Cuál mejor que el de Shakespeare? Tenían la misma edad y complexión similar y entonces no había huellas dactilares, ni ADN, ni CSI para establecer identidades.Y le clavaron un cuchillo en el ojo, de manera que el rostro quedó absolutamente desfigurado.En la obra Medida por medida, supuestamente escrita por Shakespeare años después, un suplantamiento de identidades de ese tipo era el rasgo argumental esencial.Una especie de autohomenaje…—¡Ostras, es fantástico, Ángel! —casi aulló Flor—.¡Aterradoramente retorcido! ¡Genial! ¡Es que, claro, además…!Ori, mirándome como un bobo, dijo: «Es fantástico» aunque me consta que no había entendido nada.Monica hizo una mueca, como si encontrase demasiados puntos oscuros en mi argumentación.—Un golpe así habría solucionado todos los problemas de Marlowe.Para empezar, castigaba al plagiario y, a partir de aquel momento, usurpaba su identidad y su vida y podía continuar escribiendo con su propio estilo y voz que copiaba Shakespeare.Sólo que él lo hacía mejor, claro.¿Que más adelante su estilo varió un poco, y sus obras se hicieron argumentalmente más complejas y los personajes adquirieron más profundidad? Bueno, esto es natural en un buen escritor.Lo extraño hubiera sido todo lo contrario.Con los años, ha variado siempre el estilo de todos los autores.Si Shakespeare de veintinueve años podía evolucionar desde un punto equis, no veo por qué no podía hacerlo Marlowe disfrazado de Shakespeare desde ese mismo punto.—No me lo creo —dijo Monica, que no podía aceptar que su padre diera una clase magistral sin su ayuda—.Sus amigos, sus familiares le habrían reconocido…—No, no —dijo Flor, a quien se le había puesto una mirada como de drogada, o de mística—.Había una plaga de peste en Londres, por aquellas fechas.Los teatros tardaron meses en volver a abrir.Y, con un pequeño cambio de apariencia, Marlowe podía hacerse pasar perfectamente por Shakespeare…María, pensativa, digiriendo lo que acababa de oír, añadía:—Shakespeare se había olvidado de sus familiares.No los vio en años.Nunca se había acordado…—¿Tenéis un mondadientes? —preguntó Bastia, para manifestar que mi tema le aburría.—Y, curiosamente —añadí yo, para remachar el clavo—, poco después de este incidente, compró a sus parientes una fantástica mansión en Strafford.Qué queréis que os diga, a mí eso me suena a soborno y a compensación.«Vosotros callad, no levantéis la liebre, y vuestro silencio será recompensado.» Y cuando, muchos años después, se jubiló y volvió a Strafford, sus padres ya estaban muertos y sus hijos, probablemente ni se acordaban de él.En cuanto a la gente que podía conocer a Marlowe y a Shakespeare en Londres, yo diría que Marlowe, lógicamente, contó con todo tipo de complicidades.La complicidad de los amigos, por descontado, pero también la complicidad de facciones del gobierno que le eran favorables por simpatía o por necesidad de mantenerle callado.—Sería por eso —se me sumó María— que los autores contemporáneos de Shakespeare, sus amigos, jamás mencionan el apellido Shakespeare.Tal vez porque sabían que ése no era su verdadero nombre y tal vez porque no querían traicionar el recuerdo de Marlowe.—Yo no entiendo nada —confesó Silvia, al mismo tiempo que renunciaba a entenderlo.—De esta manera, resultaría que la víctima de aquel crimen sería en realidad el asesino [ Pobierz całość w formacie PDF ]