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.Ya sé que los Padres Peregrinos no se comieron a los indios, pero eso es lo de menos.Lo importante es que hay que tener cuidado con lo que les meten en la cabeza a estos niños.Cada semana, le doy su clase particular: los cuentos secretos.Cuando Hombrecito sea mayor y pueda entenderlos, se los contaré también.Siempre que siga trabajando en esta casa, claro.Pero no creo que vaya a ser lo mismo con él.Hombrecito me quiere, pero es un poco salvaje, como un animalillo.Viene a abrazarse a mis rodillas con fuerza y luego sale corriendo detrás de cualquier otra distracción.Pero, aunque al final no pueda contarle los cuentos, no me siento mal.Ya he empezado esta historia con su hermana, y ese bebé, aunque todavía no sepa hablar, escucha atentamente todo lo que le dice Chiquitina.Pero hoy, cuando le pregunto qué ha aprendido, Mae Mobley me responde: «Nada», y aprieta los labios.—¿Te gusta tu profesora? —le digo.—Es guapa —contesta.—¡Qué bien! —respondo—.Tú también lo eres, ¿sabes?—¿Por qué eres negra, Aibileen?Algunos de los niños blancos a los que he cuidado ya me habían preguntado esto antes.Solía reírme ante su ocurrencia, pero esta vez quiero dejarle las cosas claras.—Porque Dios me hizo así, no hay más razón que ésa.—La señorita Taylor dice que los niños negros no vienen a nuestra escuela porque son menos listos que nosotros.Me agacho junto a ella, le levanto la barbilla y le arreglo su divertido peinado.—¿Tú piensas que soy tonta?—No —susurra, con cara de decirlo de todo corazón.Parece lamentar habérmelo contado.—Pero ¿qué pasa con lo que dice la señorita Taylor? —me pregunta, esperando atenta una respuesta.—Bueno, la señorita Taylor no siempre tiene razón.Se cuelga de mi cuello y exclama:—¡Tú eres más lista que la señorita Taylor, Aibi!Es la gota que colma el vaso.Se me saltan las lágrimas, porque estas palabras son nuevas para mí.Esa, misma tarde, a las cuatro en punto, me bajo a toda prisa del autobús en la parada de la iglesia del Cordero de Dios.Entro en el vestíbulo del templo y espero en el interior, mirando por la ventana.Me paso diez minutos con la respiración acelerada y tamborileando con los dedos en el respaldo de la silla.Por fin, veo llegar el coche y una blanca se baja del coche.¡No me lo puedo creer! Parece una de esas hippies que salen en la tele de Miss Leefolt.Lleva un vestido blanco muy corto y calza sandalias.Tiene el pelo muy largo, sin rulos ni rizos, y no se ha puesto laca.Me llevo la mano a la boca para no echarme a reír.Desearía salir corriendo ahí fuera y darle un abrazo.Hace seis meses que no veía a Miss Skeeter, desde que terminamos las correcciones del libro y entregamos la versión final.Miss Skeeter saca una enorme caja marrón del asiento trasero y la lleva hasta la puerta de la iglesia, como si estuviera entregando ropa usada.Se detiene un segundo, echa un vistazo al interior y luego regresa al vehículo, arranca y se larga.Me da pena que tengamos que hacerlo así, pero no queremos que se vaya todo al garete antes incluso de empezar.En cuanto se marcha, salgo al recibidor de la iglesia y arrastro la caja al interior.Tomo un ejemplar y lo contemplo.No puedo contener las lágrimas.¡Es el libro más bonito que he visto en mi vida! La portada es de un suave color pastel, y en ella aparece un plato de galletas, como las suelen tomar nuestras señoras con el té.El título, Criadas y señoras, aparece en la cubierta con llamativas letras rojas.Lo único que no me gusta es la parte del autor, donde dice «Anónimo».Me habría encantado que Miss Skeeter hubiera puesto su nombre, pero era demasiado arriesgado.Mañana voy a entregar una copia a todas las mujeres cuyas historias salen en el libro.Miss Skeeter se encargará de llevar a la prisión del Estado un ejemplar para Yule May.En cierto modo, ella es la causante de que las otras criadas aceptaran colaborar.Pero me han dicho que lo más probable es que Yule May no lo reciba.A las presas no les llega más que una de cada diez cosas que les envían porque se las quedan las funcionarías.Miss Skeeter ha dicho que piensa volver a llevárselo otras diez veces hasta cerciorarse de que lo recibe.Me llevo la enorme caja a casa, saco un ejemplar y escondo el resto debajo de la cama.Luego, voy corriendo a casa de Minny, que está preñada de seis meses, aunque nadie lo diría.Cuando llego, la encuentro sentada en la cocina; bebe un vaso de leche.Leroy duerme en su cuarto y Benny, Sugar y Kindra pelan cacahuetes en el patio.La cocina está tranquila.Sonrío y le entrego a Minny su libro.Lo hojea y comenta:—Este libro ha quedao bonito.—Miss Skeeter dice que la paloma de la paz es un símbolo de los nuevos tiempos que están por vení.Dice que en California la gente la lleva en las camisetas.—¡Me importa un pito lo que lleve la gente de California en las camisetas! —gruñe Minny, contemplando la portada—.Lo único que me interesa es sabe cómo se lo va a toma la gente de Jackson, Misisipi [ Pobierz całość w formacie PDF ]