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.Me quedé dentro del coche, dudando durante unos segundos si debía salir y decir algo, no sabía el qué, o quedarme allí dentro.Apenas había recorrido los escasos cinco metros que la separaban del portal de su casa que dejó el equipaje en el suelo y regresó al coche.Se agachó para que pudiera verle la cara por la ventanilla y dijo:—El mes que viene tengo vacaciones.Chemorra.La rendiciónLos soldados empezaron a salir, despacio y gradualmente, como última medida previsora ante una posible trampa.De manera progresiva fueron situándose en formación frente al parapeto, sucios y harapientos, con los heridos situados detrás y dejaron los fusiles en el suelo a cinco metros de ellos.Como si surgieran de la tierra, un grupo de setenta u ochenta rifeños apareció a unos centenares de metros y los rodeó, gritando y aullando.Los soldados se removían inquietos en la formación, asustados, temiendo que de pronto se echasen sobre ellos.Al capitán le costó hacer que sus hombres mantuvieran la tranquilidad en espera de que el anciano con el que se había entrevistado hiciera acto de presencia para dominar aquella turba.Cuando los nervios empezaron a fallar y algunos soldados hacían amago de volver a la ya falsa protección del parapeto, el griterío cesó de pronto y la pared humana que los rodeaba se abrió para dejar paso al personaje que el capitán Gimeno estaba esperando.El silencio que acompañó su llegada era signo inequívoco del respeto que infundía a aquella masa desorganizada y anárquica, que ya se había apoderado de los fusiles y entraba en la posición para empezar el saqueo.Cuando llegó junto a él, acompañado por otros tres hombres que parecían tener algún tipo de influencia sobre los demás, el anciano le dijo:—Tú ahora venir prisionero con nosotros, paisa.Ahora nosotros partir y tus hombres marchar en paz a casa.Si tú tranquilo, si vosotros tranquilos, todos bien.Si no cuidado, todos muertos, si vosotros tranquilos, todo bien.El capitán Gimeno se volvió hacia Santos y todos sus hombres para despedirse pero antes de que pudiese decir nada un grupo de manos lo agarró y lo arrastró al exterior del semicírculo donde sus hombres no podían verle.Con dolorosa brusquedad le pusieron un tronco sobre los hombros y le ataron los brazos a él.Luego, otro le pasó un lazo por el cuello y tiró bruscamente, para a continuación obligarle a seguir al grupo de cuatro hombres.Apenas hubo andado una docena de metros el oficial se desplomó en el suelo boca abajo, golpeándose el rostro contra las piedras.Cuando lo levantaron con la cara ensangrentada y cubierta de tierra musitó:—Agua, por favor.Agua.El anciano se descolgó del hombro un pequeño odre y dio de beber al oficial.—Ahora un poco sólo, paisa.Si tú beber mucha deprisa, agua daño.Agua no rápido, tú no beber mucha rápido.El oficial asintió, sabía que lo que decía era verdad.Con paso torpe, desequilibrado por el peso que llevaba sobre los hombros siguió andando unos cientos de metros más.El poco líquido que había ingerido había surtido un efecto milagroso y la perspectiva de beber más le animaba a sacar fuerzas de la flaqueza.Entonces oyó los disparos.Se volvió con un rápido gesto hacia el anciano al tiempo que podía ver las expresiones de sorpresa en los rostros de sus guardianes, seguidas de una mirada de temor.—Oficial, ahora tú prisa.Corre, corre —dijo el anciano con una mirada de súplica en sus ojos.El capitán Gimeno comprendió lo que había ocurrido.Los líderes rífenos no tenían suficiente ascendencia sobre sus hombres como para contenerlos y ahora estaban disparando contra los indefensos soldados.Todo el grupo aceleró la marcha, sus guardianes con los fusiles preparados para rechazar cualquier intento de agresión contra su prisionero y él mismo tropezando a cada paso que daba.Los disparos fueron espaciándose gradualmente hasta que sonó el último y, entonces, el soldado se detuvo a pesar de la resistencia de sus captores y un grito de animal dolorido salió de su garganta y resonó por la barrancada en la que se encontraban, obligando a que sus guardianes aguardaran en silencio.El capitán Gimeno estaba llorando.A la vuelta de NoguerolesTardé cuatro días en pensar en otra cosa que no fuera aquel mes que estaría sin ver a Claudia.Los días me parecían meses y las horas, días, en los que los minutos y segundos pasaban a una lentitud exasperante, enloquecedora.En infinidad de ocasiones tuve el teléfono en la mano, a punto de llamarla, pero siempre me detuve en el último minuto.El propio corazón es una profunda sima imposible de conocer en su totalidad.Cuando piensas que has recorrido todos sus rincones, estudiado sus recovecos, cualquier día, en cualquier momento, te sorprende con un nuevo e insospechado sentimiento.Claudia se había abierto paso en mi corazón con suavidad, con un sigilo ajeno al estruendo propio de una pasión de adolescente.Antes de que me diera cuenta, donde pensaba que sólo había sitio para Carmina, me sorprendía con que otra persona había encontrado un hueco.Una había ido creciendo sin quitarle espacio a la otra, era como si mi corazón se hubiese agrandado para dar cabida a las dos, sin que ninguna de ellas rivalizara por sobreponerse a la otra.Sentía que podía amar a dos personas a la vez, como si cada una de ellas ocupase una parcela de mi ser y de mi corazón que no podía ser satisfecha por la otra.Supongo que eso es fácil de sentir, de contar e incluso de escribir, cuando una de las dos está muerta, pero les prometo que seguía queriendo a Carmina como el primer día, sólo que ya no estaba conmigo.Ella me había colmado de satisfacciones y alegrías, pero su ausencia había dejado una devastadora pesadumbre, una anestesia emocional que se estaba disipando como una noche tormentosa al clarear de nuevo el sol de la mañana, y aquel sol era Claudia.Al atardecer del cuarto día cogí la blusa de Carmina, la que no había podido planchar desde que se fue, y después de doblarla con un inmenso cariño la guardé en su armario.Mientras lo hacía no sentí que estuviera desplazándola, ni poniéndola en un segundo plano, sino que era como si, literalmente, estuviera depositándola en el lugar que le correspondía en mi corazón, donde la guardaría hasta el fin de mis días.A la mañana siguiente fui a ver a Miguel después de asegurarme que estaría en casa.Había dejado su negocio transitoriamente en manos de su socio para poder dedicarse un poco más a sí mismo y a las cosas que de verdad le importaban en aquellos momentos, así que no tuvimos problemas para encontrar un hueco y vernos.Al principio no sabía qué decir ni de qué hablar para que nuestra charla no resultase artificial e incómoda.No es fácil encontrar temas de conversación con alguien que se encuentra de pronto fuera de la realidad, de tu mundo.Tienes la impresión de que las cosas que para ti son interesantes resultan superfluas y triviales para la otra persona, que en esos momentos tiene una manera de valorar lo importante muy superior a la tuya.Recuerdo que en más de una ocasión he pensado que me hubiera gustado sentarme con alguien que estuviera pasando por una situación como la de mi amigo y preguntarle, cara a cara, qué es lo más importante en la vida, por qué merece la pena luchar y qué es lo que podríamos dejar de lado [ Pobierz całość w formacie PDF ]