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.—Como una agradable fuente celestial, rica y poderosa, profunda y grande —canta—, es el amor, el perdón y la verdad que en el corazón de Jesús está.Han pasado muchos años desde la última vez que la escuchó.Pero las palabras vienen a su mente sin titubeos.—Ha abierto el portal de perlas para dejarme entrar.Por la sangre me ha protegido y querido salvar.El sol de primavera abrasa la chispeante nieve blanca que cubre el hielo.No hay un alma en kilómetros a la redonda excepto Rebecka y Hjalmar, una en el agujero y el otro en la nieve.Las sombras se extienden azules en los surcos de las motos y en las huellas donde perros y personas se han hundido hoy.Rebecka está en el agua; su cuerpo está bajo la capa de hielo.Por encima del borde superior puede ver las copas de los árboles en el lindero del bosque, al otro lado del río.No ha podido llegar hasta allí.Los abetos tienen el tronco negro y están cargados de piñas.Los abedules son finos y delicados.En el sur de Suecia, los árboles más esbeltos empiezan a florecer ahora.Los magnolios y los cerezos parecen jovencitas bien vestidas en los parques.Los abedules aquí son delgados, sí, pero en absoluto parecen jovencitas.Huesudos, desgarbados e inclinados como viejas presumidas se elevan en la linde del bosque oteando el horizonte en busca de la primavera.«No estaba tan lejos —piensa apática mirando los árboles—.Tendría que haber seguido corriendo.No debería haberme parado.Hay que ser tonta.»En la playa Hjalmar canta como un loco.Pero su voz no suena tan mal.«Milagro entre milagros, todo una vez me perdonó.Por su hermosa bondad canto ahora yo contento mi canción.» Cuando le da fuerza al estribillo parece que los cuervos quieran añadirse.Graznan y ronquean en los árboles.Después, Rebecka siente pánico cuando el agua le llega a la boca y a la nariz.Al instante siguiente está debajo del hielo.Por ahí es cortante e irregular.Rebecka se desliza inevitablemente con la corriente de agua negra.De una sacudida se golpea la cabeza contra el hielo, o quizá una piedra.No lo sabe.Todo negro.Bam.Bam.Anna-Maria Mella, Sven-Erik Stålnacke, Fred Olsson y Tommy Rantakyrö se bajan del Ford Escort de la inspectora, al lado de los coches de Hjalmar y Rebecka.—Tengo un mal presentimiento —dice Sven-Erik oteando el bosque, donde ve humo subiendo hacia el cielo desde una cabaña.—Yo también —dice Anna-Maria con gravedad.Ha cogido su arma de servicio, igual que los compañeros.De pronto oyen gritar a alguien.Es un grito terrible que rompe de cuajo el silencio.Un grito que no quiere parar.Un grito inhumano.Los policías intercambian miradas.Nadie consigue decir nada.Entonces oyen una voz de hombre que grita: «¡Calla! ¡Deja de gritar!»El resto no lo oyen, porque ya están corriendo por la vieja marca de las motonieves.Tommy Rantakyrö, el más joven, va en cabeza.Rebecka se desliza por debajo del hielo.No hay aire.Agita desesperada las manos.Siente que la cabeza le va a estallar por el frío, que sus pulmones van a reventar.Entonces se golpea las rodillas y la espalda al mismo tiempo.Se ha quedado encallada, encallada de cuatro patas.La corriente la ha llevado hasta la orilla.Tiene las rodillas y las manos sobre piedras heladas y la espalda apretando contra la capa de hielo.Logra subir un poco los pies, los pone a la altura del ombligo.Luego empuja con las piernas con todas las fuerzas que le quedan.Y el hielo cede.Junto a la playa ha perdido grosor y se ha vuelto frágil.Rebecka lo atraviesa hasta ponerse de pie.Aspira aire con los pulmones.Después sólo grita.Grita y grita.Hjalmar deja de cantar de repente y mira consternado a Rebecka, cuyo torso ha emergido del hielo como una planta.Ella grita hasta que se le quiebra la voz.—¡Calla! —chilla al final Hjalmar—.¡Deja de gritar! Ven y coge a la perra.Tintin yace como inerte a su lado.Entonces Rebecka empieza a llorar.Sale tambaleándose del quebradizo hielo llorando y jadeando.Pero Hjalmar se pone a reír.Ríe tanto que le duele la barriga [ Pobierz całość w formacie PDF ]