[ Pobierz całość w formacie PDF ]
.Una lanza salida de quién sabe dónde impactó directamente sobre el espaldarón derecho del noble y se desvió hacia un lado.La presa de Rencor cayó al suelo en un revoltijo de sangre caliente, y el jinete trató de apartarse con una voltereta entre gritos de furia.El nauglir atacó, entonces, al hombre, cerrando las fauces sobre su cadera.Se oyó el crujido de los huesos cuando levantó a su sangrante víctima por los aires.—¡Vamos, Rencor ¡Vamos! —gritó Malus, clavando los talones en los flancos de la bestia y haciendo que se metiera de lleno en el combate.La carga del caballero había actuado como el impacto de una maza sobre un cristal, y había hecho que la caballería enemiga se dispersara en todas direcciones.Los caballos, presas del pánico, salieron desbocados por entre las ruinas, pisoteando a los sorprendidos lanceros que trataban de reorganizar su formación ante la repentina amenaza que les llegaba por la retaguardia.Proyectiles de ballesta atravesaban el aire con su silbido, y lo mismo hacían blanco en enemigos que en amigos.El olor a sangre y a visceras abiertas se esparció en el aire y los oídos de Malus sufrieron el embate de una oleada de gritos y alaridos mezclados con el batir del acero.Un jinete enemigo cargó contra Malus por la derecha, apuntando con su lanza al pecho del noble.Con un grito levantó la espada y paró el impulso del golpe del hombre, cuya arma se desvió hacia la derecha.El jinete druchii lanzó un juramento y tiró de las riendas, apartando a su cabalgadura, pero Malus clavó el talón izquierdo en el flanco de Rencor, que puso su poderosa cola en el camino del caballo.El animal cayó de cabeza al trabarse sus patas delanteras, y el jinete quedó apresado bajo el peso de su caballo herido.Rencor se agazapó y reculó, rugiendo ávido de sangre, y Malus se agachó hasta pegarse al cuello de la bestia de guerra, tratando de hacerse una idea del curso de la batalla que tenía lugar en torno a él.El suelo estaba sembrado de cuerpos de caballos y hombres, y todo lo que pudo ver de inmediato a su alrededor fueron caballeros manchados de sangre que se adentraban más en las ruinas en busca de más enemigos.Aparentemente, la caballería del enemigo había sido superada por completo, y los caballeros habían atacado las filas de los lanceros, que se ocultaban entre las piedras.Llegaban gritos mezclados con el entrechocar de armas desde las ruinas y también el restallar de las cuerdas de las ballestas.Malus echó en falta a un trompetero que pudiera haberlo ayudado a mantener a sus hombres bajo control, pero ya era demasiado tarde para eso.La batalla ya estaba en marcha y seguiría su curso.Sólo cabía esperar que le quedara una división que comandar cuando todo hubiera acabado.Malus espoleó a Rencor para que se incorporara a la roja marea de los caballeros pretorianos.Éstos, con sus pesadas armaduras, habían abierto una brecha a través de las desordenadas filas de los lanceros enemigos y se habían centrado en la compañía sorprendida al descubierto en medio del camino.De esa fuerza, sólo quedaban lanzas rotas y cadáveres destrozados, la pista de ceniza estaba empapada con su sangre.Al otro lado, vio a los caballeros que combatían con grupos aislados de infantería en los campos que quedaban al norte de las ruinas y también se libraban otros combates entre los restos de los edificios.Malus miró a izquierda y derecha, en busca de enemigos, y vio a un grupo reducido de soldados de infantería que corría por un camino sembrado de rocas y con las ballestas en la mano.Vieron a Malus al mismo tiempo y sus caras se crisparon con rabia.El noble sintió que el frío atenazaba sus entrañas y la imagen mordaz de una fila de ballesteros recortada sobre una cortina de niebla hizo brotar de sus labios un grito casi de pánico.—¡A por ellos, Rencor —gritó, clavándole las espuelas.El nauglir dio la vuelta y se lanzó sobre los cuatro hombres en el preciso momento en que éstos apuntaban sus ballestas y disparaban.Un proyectil dio de refilón en el pecho de Malus y rebotó hecho pedazos, mientras otro se rompía contra el duro cráneo de Rencor.Los otros disparos no dieron en el blanco y pasaron sibilantes a uno y otro lado del noble.Los ballesteros tiraron sus armas y corrieron dando gritos de terror.Rencor aplastó a uno con sus patas, y Malus le destrozó el cráneo a otro con un solo golpe de su espada; entonces, el gélido se lanzó hacia adelante y cerró las terribles fauces sobre un tercero.El cuarto sorteó de un salto los restos de una pared y se perdió de vista.Malus sofrenó a Rencor y se dio cuenta de que el ruido de lucha había cesado y lo que sonaba ahora era una salvaje ovación.El noble dio la vuelta a su cabalgadura y volvió al camino principal, donde vio a los caballeros saliendo con cuentagotas de entre las ruinas, solos o por parejas.Cabezas recién cortadas se balanceaban en los ganchos para los trofeos adosados a sus sillas de montar.Cuando vieron a Malus, alzaron las espadas a modo de saludo, y él supo entonces que habían conseguido una victoria aplastante.Tras poner a Rencor al trote, Malus se dirigió hacia los campos que quedaban al norte de las ruinas.Muchos de los caballeros se habían reunido allí para recoger trofeos entre los muertos.Por la cantidad de cuerpos sembrados en el campo daba la impresión de que los lanceros enemigos se habían retirado de las ruinas y habían tratado de recomponer su formación en espacio abierto; pero los caballeros los habían arrollado.Malus se puso de pie en los estribos.—¡Gaelthen! —gritó—.¡Lord Gaelthen!—¡Aquí, mi señor! —llegó una ronca respuesta.Al otro lado del campo, Gaelthen espoleó a su cabalgadura y al trote se dirigió hacia Malus.El viejo caballero estaba cubierto de sangre, pero daba la impresión de que no era suya.—Reunid la división aquí, en el campo —le ordenó Malus—.Que esté preparada para moverse rápidamente.—Calculó la altura del sol—.Fuerlan tendría que llegar de un momento a otro y apenas tenemos tiempo para encaminarnos hacia el sur para alcanzar el vado.—Sí, mi señor —respondió Gaelthen, señalando hacia la línea de colinas—.Ese podría ser Eluthir.Al volverse, Malus vio un nauglir solitario que bajaba al trote de la colina hacia las ruinas.Despidió a Gaelthen con una inclinación de cabeza, y éste se volvió y empezó a dar instrucciones a voces a los jubilosos caballeros.A continuación, se quitó el yelmo.Fue reconfortante sentir el aire fresco sobre la cara y el cuello, y de pronto se dio cuenta de que tenía los huesos molidos.«No hay tiempo para descansar ahora — pensó, pesaroso—.Nos esperan kilómetros de camino y más hombres que matar antes de que acabe el día [ Pobierz całość w formacie PDF ]