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.Joyce solía decir que en su empleo anterior hacía todo el trabajo de su jefe, a quien debía permitírsele pensar que era él quien lo hacía.Por lo tanto, nada había cambiado para ella.Lejos de tomarlo a mal, nos preocupaba que la gente lo advirtiera.Naturalmente, lo advirtieron.Ahora nos preguntamos por qué pensábamos que no lo advertirían.El caso era que nos encantaba el trabajo, nos encantaba transformar la revi.Asistíamos a los consejos de redacción, una vez cada quince días, nos sentábamos silenciosamente, a un lado, con Boris en la cabecera de la mesa, y los representantes del consejo de administración al otro extremo y casi nunca abríamos la boca.Solía dar instrucciones a Boris sobre lo que tenía que decir.La estructura real durante aquella época era que Joyce y yo lo dirigíamos todo, con los fotógrafos que adquirían mayor prominencia.Porque fue en los años sesenta cuando la alcanzaron.Todas las decisiones se tomaban en nuestra oficina, siempre llena de gente.De repente —y Joyce sólo llevaba un par de años allí— la nombraron directora y le dieron total libertad.Nueva presentación, nuevo todo.Fue lista: muchas revis que eran demasiado estilo «alegres años sesenta» mordieron el polvo, pero la forma que Joyce creó —que nosotras creamos— sobrevive.Casi al mismo tiempo la estructura real pasó a ser la misma que la formal, la estructura oficial.Cuando Boris se fue, su inmensa y muerta oficina se transformó en la de los fotógrafos y cobró vida de inmediato; el despacho que habíamos utilizado con Joyce pasó a ser el despacho de la directora.Entonces caí en la cuenta de cuánto esfuerzo y tensión nerviosa se había invertido en todo cuando lo que realmente tenía lugar no concordaba con la organización formal.Ahora, si miro el resto de oficinas, otras ocupaciones, veo lo muy a menudo que se dan discordancias.¿Qué ha crecido dentro de esta estructura, cuál es el futuro? ¡Ahora sé que no se trata de Joyce y yo! Me pregunto, ¿acaso es Phyllis y yo? ¿Qué es lo que no veo porque estoy demasiado comprometida con lo que pasa ahora? Me parece como si las cosas cambiaran de repente, de la noche a la mañana, o así parece; pero el cambio ha venido creciendo en el interior.No puedo ver ningún cambio interno y, no obstante, pienso mucho en ello.Todo cuanto puedo ver es que hay mucho menos dinero para gastar y, en consecuencia, nuestra presentación brillante, incluso atrevida, nuestra fórmula, deberá desaparecer y ser suplantada por algo más sobrio y más concreto.Concreto ¿en qué? ¡Si pudiera adivinarlo! No siento ningún placer ni quiero formar parte de ello, cuando pienso que, tal vez, nos encontraremos «haciendo que todo se convierta en otra cosa distinta».Ropas que duren —bien, esto ya ha empezado—, la carne como un lujo en vez de una comida corriente, la compra de joyas como una inversión.el penúltimo número publicó recetas de la época de la guerra, como una broma, pero para quienes éramos jóvenes durante la guerra y recién acabada ésta, no fue una broma.Oía que las mecanógrafas se reían, Phyllis bromeaba con hacer cundir la carne a base de albóndigas de carne picada.Podría escribir un artículo de fondo sobre la comida que Maudie recuerda.Supongo que las mecanógrafas se partirían de risa si pudieran oír a Maudie explicando cómo, cuando era niña, la madre de una familia preparaba un gran budín para «saciarlos» antes del plato de carne, por lo que se conformaban con un pedacito de carne y, luego, después de la carne, otro budín, con mermelada.Cuando pienso en la guerra, en aquellas simulaciones y sucedáneos, el triste triste triste tedio de todo ello, ah, no puedo volver a enfrentarme a esto, no puedo, no puedo.; pero hasta el momento nadie ha dicho que debamos hacerlo.Me casé en 1963.Fue poco antes de que entrara Joyce.He escrito toda esta historia y sólo ahora he pensado en mencionar que me casé.Una semana desde la última vez.no, no, ya diez días.Tal como se lo prometí, fui a casa de Maudie, a pesar de que estaba desesperada de trabajo.No estuve mucho tiempo, entré y salí.Luego, a la oficina: Joyce no estaba allí, ni tampoco había ningún mensaje.Con Phyllis nos apañamos.Todo el mundo se apaña.Ambiente melancólico, por los buenos tiempos perdidos.Ella creó Lilith, pero si no viene a trabajar, varios días seguidos, las aguas se tragarán a Joyce.Apenas si se la menciona.Pero ciertamente se piensa en ella, yo por lo menos.Yo, ¡yo! He rabiado de dolor.Me sentía inquieta, avergonzada, pensando: Freddie se muere, mi madre se muere, apenas una lágrima, sólo un vacío frío, pero Joyce se escurre de mi vida y me acongojo.En un principio pensé, miradme, soy una malvada, pero luego supe que al permitirme llorar por Joyce, he admitido.el llanto, el dolor.Me he despertado por las mañanas bañada en lágrimas.Por Freddie, por mi madre, por Dios sabe quién más.Pero no tengo tiempo para ello.Trabajo como un diablo.Mientras tanto, estoy rabiando de dolor.No creo que esto sea necesariamente un paso adelante en la madurez.Hay mucho que decir a favor de un corazón helado.Cuando volví a casa de Maudie la encontré furiosa y fría.¿Conmigo? No, se trataba de aquella «irlandesa» del piso de arriba, que había conectado de nuevo la nevera para «insultarla».Acababa de volver de un ambiente en el cual se afrontan los problemas, no se murmuran ni se hacen tonterías, por lo que le dije:—Subiré para hablar con ella —y subí, con Maudie que me gritaba:—¿Por qué se mete?Llamé a la puerta del piso de arriba, en la planta baja.Un muchacho flaco y pecoso me abrió y vi a una alta muchacha irlandesa de cansados ojos azules y tres niños más, escuálidos y pecosos, mirando la televisión.La nevera es un aparato inmenso, probablemente comprado en la tienda de segunda mano de la calle, y se puso en funcionamiento cuando yo estaba allí, con un chirrido atronador que sacudió todo el piso.No podía decirle: Por favor, venda la nevera.Ahí estaba la pobreza, se veía.Quiero decir la pobreza de mil novecientos setenta.Al conocer a Maudie mi criterio ha cambiado [ Pobierz całość w formacie PDF ]