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.Toda desmesura palidece ante una desmesura mayor.El acto del suicidio, como decía Kierkegaard, es una cobardía que requiere mucho coraje.Frente a la desmesura del suicidio, a la gente su condena se le vuelve en contra.En la moral media, que es una moral razonable, ahora piensan: ¿Habrá sido culpable?".El psicoanalista Juan Carlos Volnovich interpretó la fascinación macabra que producía el hecho en el marco de una cultura decadente, la menemista, que dejará su impronta en el país por muchos años, como la dejó el roquismo: "El menemismo ha tenido como característica la perversión, en cuanto a lo que hace a desviación de objetivos, entre lo público y lo privado.Se hizo público lo privado (intimidades, relaciones sexuales, mansiones) y se privatizó lo público: finanzas, negocios.Esto produce un intento de ver más allá, detrás de esa opacidad, para saber qué oculta, qué esconde eso que se ha casi clandestinizado: existe una especie de fascinación, como la de los chicos con la sexualidad, por saber qué hacen los grandes, los todopoderosos, cuando se juntan".El día del suicidio, el Presidente habló diez veces por teléfono con Busti, para ir conociendo los detalles.Hizo las últimas llamadas desde la residencia de Olivos, donde se había reunido con el jefe de gabinete, Jorge Rodríguez; el ministro del Interior, Carlos Corach; el secretario general de la Presidencia, Alberto Kohan, y el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy.A las siete y media de la tarde Kohan se levantó para ofrecer un briefing a la prensa y Menem le advirtió, preocupado:—Tené cuidado, Alberto, cuando hables delante de los periodistas.Mira que todavía no se sabe si fue suicidio ni si se trata de Yabrán.En la miniconferencia de prensa, Kohan, que no se llevaba bien con Anzorreguy, le hizo un pequeño favor cortesano al Señor Cinco, asegurando que la SIDE no había tenido nada que ver en la localización del presunto Yabrán en San Ignacio.A las nueve de la noche, el Presidente recibió el último llamado de Busti.—No hay dudas, Carlos, es Yabrán.Menem colgó y dijo secamente, mirando a sus ministros:—Confirmado.Luego se levantó para ir a ver el partido que River Plate le ganó a Colón de Santa Fe por dos goles a uno.—No me macanee, ¿en serio le gusta el cous cous?—.—Aquí lo hacen pasablemente bien y no es muy caro.No será como en Argel, claro.Pero ahora, con los fundamentalistas, no está como para ir a Argelia.Garganta Uno mezcla el cordero bien sazonado con los granos blancos de cous cous y lo engulle con fruición, y ríe con unos dientes equinos, como los de Bunge.—Los fundamentalistas.—repite, como pensando en voz alta—.¿Se acuerda de lo que le dije acerca de Alfredo?—Que era un fundamentalista del poder.Garganta Uno asiente satisfecho, pasándose la servilleta por la boca y la barbilla como si fuera una toalla.—Exacto.Sí, señor.Un fundamentalista del poder, al que no solamente lo mató la política, como dice Wences, sino el pensamiento de que ya podía manejarlo todo.Incluyendo a estos tipos, créame, que son más jodidos que él.Parece que va a eructar pero se controla y llama al dueño para preguntarle si tiene pastelitos árabes de postre.Luego alza sus ojos negros, en una mirada de emboquillada, y susurra, desafiante:—¿Le conté esa versión de que él habría hablado con Cristina antes de irse a San Ignacio y le habría preguntado si, llegado el caso, lo acompañarían a Siria?—No, más bien usted trató de meterme la idea de que él había querido jugárselas solo, dejando la familia a un costado.Y eso me cierra más con lo que voy sabiendo de él.—A mí no me consta.Me la contaron.Y se la paso al costo.Yo también, conociéndolo, creo que decidió meterse en Entre Ríos.Que tal vez evaluó la posibilidad de fugarse y pensó: está bien, yo puedo incluso cambiarme la identidad y la cara y rajar a Siria.Pero ¿qué hago con Cristina y los chicos? A ellos no puedo cambiarles la cara.A Interpol le bastará con seguirlos a ellos para saber dónde estoy.Además eso, efectivamente, estaba fuera de su tabla de valores.Para Alfredo el número uno en la vida era la empresa; el dos, la familia, y el tres, todas las otras cosas de este mundo.En Siria no iba a controlar la empresa; iba a ser un pobre boludo al que cualquier buche de los servicios, empezando por Ibrahim al Ibrahim, le hubiera podido dar órdenes.Pero tal vez tuvo un momento de duda, ¿no? Pudo haber tenido un instante de quiebre y haberlo planteado, simplemente para ver qué le decía su mujer.Casi como una prueba de que ella le perdonaba todo.—¿Qué es todo?—Todo es lo que estaban pasando.Lo de la otra mina.Qué sé yo.Todo.Uno siempre tiene que hacerse perdonar cosas.Incluso un duro, un omnipotente como Alfredo.Dejémoslo ahí.Lo cierto es que, con o sin momento de debilidad, agarró su bolsito, el attaché y se fue con Aristimuño a jugar el juego del fundamentalista: todo o nada.Nunca sabremos si le largó la pregunta.Aunque a mí me lo dijo (no lo escriba) alguien de la Central.Engulle dos pasteles en silencio, imaginando la escena que acaba de recrear en algún ámbito de la Fortaleza, y vuelve al terreno de las confidencias más seguras.—Antes de que el emperador fuera enterrado ya empezaron a rodar las cabezas de algunos procónsules.Especialmente las de los que no habían entendido la nueva lógica de no hacer olas para que no siguiera pudriéndose el negocio.No se olvide de que ya en vida, Alfredo había vendido lo que decía que era suyo y lo que decía que no lo era al Exxel Group.Una operación bendecida por La Embajada y manejada por el amigo del puro, Juan Navarro, uno de los geniecitos que salieron del Citi.Un uruguayo con raíces oligarcas en la Argentina, Navarro Castex.Y Ocampo.¿Le suenan los Ocampo? ¿Se acuerda del Banco Ganadero? Amigos de "Joe" Martínez de Hoz y del filántropo Rockefeller.En la línea del capital añejo, fino, al que nadie se atrevería a calificar de mafioso.Juan Navarro.Un tipo demasiado vivo como para dejar que los duros siguieran cagándose en Duhalde.¿Me explico?El escribano Wenceslao Bunge —Wences lo llaman los amigos— parecía Porthos por su altura descomunal, pero no tenía la cara del mosquetero bonachón, sino el rostro barbado del duque malvado (y español) de las películas de capa y espada.Como vocero de Alfredo Yabrán, había tratado de llevarse bien con esos muertos de hambre peligrosos que eran, para él, la mayoría de los periodistas.Pero no siempre sus esfuerzos de lobbysta se veían recompensados.Cada tanto exhumaban su biografía y le sacudían un brulote [ Pobierz całość w formacie PDF ]